-¿Quién soy yo? ¿Y quién eres tu?
Preguntó una mano a la otra.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
-¿Quién soy yo? ¿Y quién eres tu?
Preguntó una mano a la otra.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Vivieron siempre muy unidos y en perfecta armonía… hasta que el cuchillo los separó en finas lonchas.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Erase que se era un niño que dejaba todo para mañana.
Mañana estudio.
Mañana me ducho.
Mañana ordeno mi habitación.
mañana te ayudo a limpiar la casa.
Mañana saco la basura.
Mañana te acompaño a la compra.
Mañana pondré la mesa para comer.
Mañana visitaré a los abuelos.
Mañana haré deporte.
Mañana…
Mañana…
Mañana…
Pero llegó mañana y … no le dio tiempo de hacer todo, y tuvo que dejarlo para mañana.
© Alegría/ Artista antes conocida como Tristeza – 2008 (Todos los derechos reservados)
Escribió su primer, último y “único” libro como a él le gustaba, como él deseaba, todo a lo grande, todo escrito con inmensas letras mayúsculas. Después de ello fue condenado a no publicar jamás por atentar contra el medio ambiente. Con sólo ese ejemplar había hecho desaparecer el ochenta por ciento de la masa forestal del planeta.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
-¡Mamá!¿Dónde estás?
- ¡Aquí hijito junto a la duna!- Escuchó a lo lejos.
-¿Dónde? ¡No puedo verte! ¡ESTO ESTA LLENO DE GENTE!- Gritó desesperado el pequeño grano de arena.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Su compañero de trabajo la observaba hacia rato, no se movía, no hablaba con nadie y tenia una expresión muy rara.Al fin se atrevió a preguntarle:¿te encuentras bien?.
Sofia le miro y no respondió, simplemente se lo quedo mirando como hipnotizada.
El chico volvió a preguntar:¿te pasa algo, puedo ayudarte?.
Después de unos segundos o quizás minutos en silencio Sofia sonrió y dijo:”No me pasa nada es solo que soy feliz y acabo de descubrirlo”.
© Tristeza – 2008 (Todos los derechos reservados)
Se sentaron frente a frente. Afuera el trafico y el bullicio quedaba amortiguado por el grosor de los cristales del restaurante. Se miraron, fijamente. Si observabas sus ojos con detalle podías percibir como pequeños movimientos, a modo de diminutos temblores, rápidos y precisos. A veces sus miradas se tornaban tiernas, otras veces divertidas, hubo un momento seriedad y también de tristeza, pero éste sólo duró una milésima de segundo. Él le agarró fuertemente de la mano, ella le correspondió; brindaron, se besaron y continuaron en silencio su peculiar conversación. Justo hasta que el amanecer comenzó a asomarse por el horizonte.
Para ardilla y Sue con mucho, mucho cariño.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Apareció de súbito, tras la colina. Con sus fauces abiertas, llenas de hilos de baba. El Mantibruck rosado de más de diez metros de longitud se abalanzó sobre el hombrecillo que estaba de pie con la bota en la mano. El tipo estaba tan ensimismado con ponerse el calzado que ni siquiera lo escuchó. Justo cuando se abalanzaba sobre él se produjo un intenso fogonazo, de color azul. De repente apareció ante sus ojos un extraño pájaro, blancuzco, cubierto de un liquido rojizo. No se lo pensó dos veces y lo engulló de un solo bocado. Sabía extraño pero estaba delicioso. Se marchó balanceando su orondo y velludo cuerpo, ladera abajo, persiguiendo a un cuervo que se había cruzado en su ángulo de visión.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
El pequeño tornillo salió disparado del gran fogonazo azul. Atravesó el laboratorio en dirección al ordenador central donde el Profesor Mercury calibraba la intensidad del haz de rayo dimensional. Antes de impactar sobre la pantalla del monitor una mano lo agarró en el aire.
El Profesor Mercury contempló el tornillo como fascinado.
- ¡Así qué tu eres el culpable de todo amiguito! No sabes lo que has estado a punto de provocar.
Sonrió y se metió el tornillo en el bolsillo de su uniforme. Se acercó al ordenador. Aun estaban inscritas las primeras coordenadas. Se puso manos a la obra. Tecleó #EUSV88.
- Ahora todo encaja. Ahora por lo menos sé que por fin llego a casa sano y salvo.
Dicho esto rápidamente desapareció por el segundo portal de un amarillo intenso donde al otro lado le esperaban cientos de científicos y gente muy poderosa en lo que era su primera exhibición con publico del primer (en realidad segundo) viaje en el tiempo de la humanidad.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Estaban todos reunidos conspirando contra la humanidad.
Juntos, el presidente del mundo libre, el terrorista internacional más buscado, el presidente de la comunidad del libre mercado, los representantes de los paises productores de combustibles fósiles, los capitostes de la banca, los directivos de los cinco mayores laboratorios farmacéuticos, las cabezas visibles de las tres religiones mayoritarias, los dictadores de los estados socialistas del este y del oeste, y los dictadores liberales de los países democráticos.
Todos sentados en mesa redonda planificando la próxima crísis mundial.
El presidente del mundo libre, ejerciendo de moderador tomó la palabra para finalizar el evento:
- Muy bien señores, antes de concluir, ¿hay alguien que quiera hacer algún comentario?
De pronto, un destello azúl intenso parpadeó en el aire a la vista de todos y una granada se materializó encima del centro de la mesa, rodando unos centímetros sobre el tablero hasta detenerse vacilante. Era un modelo antiguo, “Mills”, de los utilizados durante la Iª Guerra Mundial. Estaba húmeda y sucia de barro. El hecho, por lo inverosímil, dejó sin palabras a todos los presentes.
- Er, …no tiene anilla – observó el terrorista internacional más buscado.
© Pep Bussoms – 2008 (Todos los derechos reservados)
-¡Y no abras la puerta a nadie! – Le dijo su madre al pequeño Tobías. – ¡Bajo ningún pretexto!
-De acuerdo mami. – Le contestó el niño mientras no dejaba de mirar la televisión con el vaso de leche en la mano y las galletas sobre el plato.
-¡Volveré en menos de lo que canta un gallo! ¡Pórtate bien!
- Siiii mami.
Miss O´Connor se fue a la calle, realizó alguna de sus compras, telas para las cortinas, un ramo de flores y un jarrón donde depositarlas. Luego fue a la peluquería y comprar unas frutas al colmado de la familia Luiggi.
Cuando entró en casa Tobías aun permanecía sentado viendo la televisión.
-Hola cielito, que tal la mañana ¿Llamó alguien al teléfono?¿Picaron a la puerta?
- Bien. Viendo mi programa favorito. Nadie al teléfono. Pero si a la puerta. – contestó el pequeño de un tirón. Sus ojos no se despegaban de la pantalla del televisor.
-¿No le abrirías verdad? – Le preguntó mientras depositaba el ramo sobre la mesa de la cocina y llenaba el jarrón con agua del grifo.
-No mami. Hice lo que tú me dijiste.
- Buen chico. Así me gusta que seas muy obediente – le contesto sonriendo mientras colocaba el ramo dentro del jarrón. – Y por un casual… ¿Te dijo quien era?
-Bueno me dijo que era alguien muy importante. Alguien que venía a cambiar nuestras vidas. Me dijo que se llamaba Mister Goodluck*. Insistió un par de veces más pero no le quise abrir. Quien sí lo hizo fue Miss McGuilliam, la vecina.
-¿También la visitó a ella? Entonces sería un vendedor ambulante.
-Supongo. Pero es curioso… ¿Sabes mami? creo que le debió vender algo muy valioso porque Miss McGuilliam no hacía más que dar gritos y saltos de alegría. Los vecinos salieron de sus apartamentos y no hacían más que felicitarla. Incluso la aplaudían. Hasta vino el Mister Burbanks, el director del banco donde papi y tu tenéis los ahorros. Le escuché felicitarle varias veces desde el otro lado de la puerta.
*Buena suerte en Inglés
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Guerra de las Trincheras (1ª Guerra Mundial)
Ovillers -la- Boisselle 15 de Agosto de 1916.
-¡Lance la granada! ¡He dicho que lance la granada!¡Es una orden!
El soldado Cavanaugh agarró una de las “Bomba Mills” que ya había armado previamente. Tiró de la anilla y la arrojó hacia la trinchera más cercana donde habían divisado numerosos soldados alemanes.
Justo cuando estaba a punto de aterrizar se produjo un fogonazo azul.”La Bomba Mills” se transformó en una pelota de plástico hinchable de color azul, blanca y roja. Ésta rebotó sobre la barriga del cabo Klauss, que en ese momento tenía los ojos bien cerrados esperando su irremediable muerte, para terminar de rebotar y reposar junto a las botas del coronel Jürg Von Stein quien, tras ponerse su monóculo en el ojo, se la miró en un principio con supuesta indiferencia. Luego comenzó a reír. El resto de soldados allí congregados le acompañaron amortiguando con sus carcajadas el continuo bramido de las explosiones.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Estoy en el sofá, ya anochece y pienso, ¿por qué esta noche no me voy a Luna?, me acerco al ordenador, y a ese super buscador San Google le digo que me proporcione la página de QDQ, le meto las coordenadas, y me aparece esta extraordinaria ruta a lo que será mi sueño:
0 m Salida Madrid, calle de la Soledad en direccion a A 3
4 Km Tomar avenida La Libertad hasta llegar al cruce que se encuentra a 100 m y coger la R-4 de peaje
210 Km Después de algunos kilómetros por la autovía del Conocimiento, abandonarla a 300 m para incorporase la comarcal de la Ilusión.
600 Km En el próximo cruce, girar a la derecha para empezar a circular por la Pasión.
1100 Km A 100 m girar a la izquierda en la rotonda, que le llevará por la Avenida de la Caricias.
1800 Km Encontrará un desvio a 500 m que le llevará a la calle del Extasis.
2500 Km Durante 300 Km deberá pasar por pueblos como La Locura, La Euforia, La Alegria y El Deseo.
3200 Km Fin del trayecto. El parking de Las Estrellas es infinito.
Siempre estubiste tan lejos, y a la vez tan cerca, eres mi esperanza en medio de esa oscuridad que es la noche, nunca espere que después de tanto tiempo, me encontrara CONTIGO, siempre pensé que el deseo sería mejor que la realización, pero de nuevo, estaba equivocada, me alegro, GRACIAS.
¿Valio la pena?
© Ava/nadiemas – 2008 (Todos los derechos reservados)
-Deseo… ¡Deseo dormir! Sí, me muero de sueño. Hace una semana que no pego ojo y quisiera dormir una eternidad. Además si es posible lo más aislado del mundo. Hasta que haya descansado lo suficiente.
- ¡Pues qué así sea! – Sentenció el genio de la botella.
Despertó millones de años más tarde, durmiendo dentro de un ataúd, a varios kilómetros bajo tierra.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Aparecieron en el cielo durante tres días y tres noches. Eran tres luces de color naranja intenso rodeadas por un halo amarillento a su alrededor. Nadie supo decir qué eran ni de dónde venían. No se movían. Permanecían estáticas como clavadas en el firmamento. Trataron de alcanzarlas con diversas sondas pero no lo lograron. Parecían estar demasiado lejos. Utilizaron los mejores telescopios de la tierra y también los que se encontraban en órbita pero lo único que consiguieron captar fue una intensa luz que emborronaba cualquier imagen que quisieran tomar. Desaparecieron al unísono. Sin saber cómo ni por qué. Lo más extraño de todo es que nunca más volvieron a aparecer.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Soñé que era blanquita, pequeña, sencilla, feliz de estar rodeada de tanta belleza….sabía que mi existencia sería breve, pero que merecería la pena, y así lo pude comprobar.
Un día ese hombre que con tanto cariño me cuidaba, sin motivo aparente, me alejó de mi jardin para darme a un desconocido….!!!que espanto¡¡¡ pensé, pero mi destino era mejor de lo que imaginaba y del que me sentí recompensada, al recibir a cambio de mi presencia, la gran sonrisa que me regaló generosamente su mujer en el hospital…..
© Ava/nadiemas – 2008 (Todos los derechos reservados)
Por fin supo cómo evitar para siempre el dolor. Mientras su padre apaleaba su diminuto cuerpo con toda su ira él contemplaba la escena desde el techo, a través de la extraña perspectiva de su cuerpo astral.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
-¡Se lo advertí! ¡Se lo dije unas mil veces! ¡¡Nunca intente descubrir que se encuentra detras de la cortina!!
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
- No se olvide de darme la receta de este estupendo flan casero que me acaba de servir. – Le pidió Miss Carmody la mujer del rector.
- Sería un placer pero no puedo hacerlo. Se trata de una vieja receta familiar que ha pasado de generación a generación. Un tesoro de la familia. – Le contestó lo más amablemente posible la Sr. Palmer mientras le servía una taza de té.
- Sería un pecado si no la compartiera.- Le amenazó Miss Carmody de forma elegante.
- Si, sería un pecado… “sobre todo si supiese de donde procede el ingrediente principal…” …Pero el amor a mi familia, mi lealtad hacia ellos, me hace imposible desvelarla.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Supo que todo había terminado en el otro continente cuando vio aparecer restos de civilización sobre la orilla de la playa.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
-¿Eres racista?
- No, soy ciego.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Sabía qué ritual seguir: publicar la noche de san Juan un post pidiendo que todos los deseos que tuviera y que tuvieran los lectores del post se cumplieran, y todo durante muchas vidas. Así que lo hizo y a medianoche y tres minutos ya estaba acabado…
© Eva Royo – 2008 (Todos los derechos reservados)
El lunes por la tarde era el día que más se divertían. Miss Grey, la enfermera encargada de la terapia, los sentó a todos en corro, en diversas sillas, algunas de ellas de ruedas. Tomó una pelota hinchable, azul, blanca y roja y tras inflarla les explicó a los allí reunidos y como si fuesen niños, que el juego de esa semana consistía en tener que lanzarse la pelotita los unos a los otros. Les apunto que el principal objetivo del juego y por supuesto el mayor merito era que tendrían que agarrarla al vuelo. No hacía falta que la lanzasen en orden, podían elegir a quien quisieran, pero eso sí, tenían que participar todos. Monopolizar la pelota era de muy mala educación.
Para comenzar, quizás de una forma coherente, aunque con aquellos locos eso era casi imposible, Miss Grey se sentó en una de las sillas, junto a ellos y lanzó la pelota como ejemplo al Señor Higgins. Éste la tomó en sus manos y se la miró como el que mira algo muy extraño. Miss Grey le invitó a arrojársela a otro compañero. El Señor Higgins lo hizo, con fuerza hacia la Señora Clark. La mujer la tomó y de forma súbita profirió una carcajada aguda; ella se la lanzó al Señor Johnson que la pilló al vuelo y éste se la acabó lanzando al Señor Stephens, de forma inesperada, tanto que hizo que casi se le cayese de las manos. Algunos de los allí reunidos echaron a reír, otros aplaudieron de forma torpe, sin atinar apenas a darse con las palmas de la mano, otros simplemente babeaban con la mirada perdida en el tiempo y el espacio. Miss Grey sonrió. Sin duda habían pillado el truco y se estaban divirtiendo.
Los dejó solos jugando y se dirigió hacia el mostrador donde se dispuso a organizar la bandeja de las pastillas. Como estaba de espaldas no se dio cuenta del fogonazo, ni de la desaparición de la pelota, ni mucho menos de la aparición de un recién nacido unido aun a su cordón umbilical de cuyo extremo colgaba la esponjosa masa de la placenta. La criatura volaba por los aires, de mano en mano. A veces la placenta golpeaba los cristales de la ventana de la clase que daba a recepción, manchándolos de restos de líquido amniótico y de sangre.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
El repentino fogonazo de un destello azul anticipó la llegada del Profesor Mercury que se materializó desde ningún sitio, rodando ladera abajo una trentena de metros hasta que unos setos de brezo frenaron su alocada caída.
- ¡Buffff!
¡Lo había conseguido! No sabía en qué lugar estaba, ni en qué momento, pero lo había conseguido. Era la primera vez que un ser humano lograba abrir un portal para cruzar de una dimensión a otra a través del continuo espacio-tiempo.
- Este es un momento histórico – Pensó.
Estaba algo magullado pero se sentía eufórico. Escupió la tierra que le había entrado en la boca mientras rodaba por la ladera y se incorporó sentándose sobre el suelo. Se descalzó la bota izquierda para sacar una piedrecita que le llevaba molestando desde que salió del laboratorio; el dedo pulgar le asomó por un agujero del calcetín. Sacudió la bota y puso la mano debajo para recoger la piedrecita. Un diminuto tornillo de precisión de color dorado cayó sobre su palma desnuda.
- ¿De modo que eras tu, puñetero? – Lo cogió con dos dedos para verlo de cerca y acto seguido lo lanzó lejos, como si fuera un hueso de aceituna. Una pequeña chispita azul brilló un instante en el lugar aproximado donde debía haber aterrizado el tornillo, pero, ocupado en otras cosas, el Dr. Mercury no la vió.
Ahora era cuestión de averiguar dónde, y en qué momento del tiempo, se encontraba. Intentaría remontar la ladera hasta la cima, para tener una vista elevada del lugar. Su reloj digital se había detenido y en la caída había perdido el medidor de intensidad de flujo, así que lo de averiguar las coordenadas temporales iba a ser más difícil, a menos que… preocupado se quitó el casco para comprobar si la cámara seguia en su sitio y funcionando. ¡Estupendo! Aparentemente, sí. Podría calcular el factor tiempo del viaje por la duración de la grabación de video. Se lo volvió a poner y sujetó bien fuerte la correa.
Estaba listo para continuar. Iba a ponerse de nuevo la bota cuando estalló otro repentino fogonazo azul que le hizo desaparecer tal como había llegado.
En su lugar apareció medio atontada, con las plumas revueltas y pringadas de salsa napolitana, sin entender nada de nada, una gaviota reidora (Larus ridibundus) que por una vez en su vida no le veía maldita la gracia a un chiste.
Una trentena de metros ladera arriba, un grajo (Corvus frugilegus), córvido negro de cara pelada y blanquecina entre el pico y los ojos, soltó un graznido y salió volando asustado.
© Pep Bussoms – 2008 (Todos los derechos reservados)
Cuando estaba subida en la azotea del edificio de correos todo el mundo quería escucharla, la policía, los bomberos, la psicología, incluso un montón de gente que no conocía y que le gritaba:”no saltes”.
Era la primera vez en su vida que le prestaban atención y la escuchaban, pero también fue la ultima.
Su gris existencia termino un día gris y sin importancia.
© Tristeza – 2008 (Todos los derechos reservados)
-!Empuje! ¡Empuje! – le aconsejó el médico.
Ella no hacía más que empujar. Con todas sus fuerzas. A cada embestida notaba como las venas del cuello y la sienes se hinchaban como mangueras a punto de estallar. El dolor era horrendo pero ella no hacía más que decirse que “aquello merecía la pena.”
- ¡Ya falta poco corazón! ¡Dentro de pocos segunditos podrás abrazar a tu hijo! – le animó la comadrona mientras le agarraba con fuerza de la mano derecha. – Un empujoncito más y ya habrá acabado todo.
Ella obedeció. Fue curioso porque de repente sintió como una extraña ventosidad en el interior de su útero y tras ella una curiosa sensación de alivio. Sonrió extenuada. Por un momento creyó que su hijo por fin había salido de su interior.
Entonces se percató de que algo no iba bien. Lo decía el rostro de su marido. Se había vuelto pálido. Su mirada era una mezcla entre sorpresa y terror. Las manos le temblaban y con ella la videocámara que había comprado para filmar aquel mágico momento. Ésta no aguantó mucho tiempo en sus manos y acabó estrellándose contra el suelo.
- ¿Qué sucede? – Gritó ella- ¡QUÉ LE PASA A MI HIJO! ¿QUÉ LE SUCEDE A MI PEQUEÑO?
El doctor se asomó por encima de sus piernas, poco a poco. Su mirada no se diferenciaba mucho a la de su esposo. En sus manos no se encontraba su pequeño. Más bien algo parecido a ¡UNA LINTERNA!
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
La Sra. Paquita se encontraba todavía en pleno estado de shock. Sabía que podía esperarse cualquier cosa de aquella fotocopiadora, era un trasto inútil que no hacía otra cosa que tragarse papel, atascarse cada dos por tres y dejarlo todo perdido de toner, pero aquello le había superado.
El Inspector Pardo decidió repasar su declaración antes de decidir si podía dejarla irse a su casa, si debía encerrarla en comisaría, o enviarla directamente al psiquíatrico.
- ¿De modo que admite que fué Ud. quien empujó la fotocopiadora escaleras abajo desde el tercer piso?
- Sí señor, fuí yo.
- ¿Y no le preocupó la posibilidad de malherir o incluso matar a cualquiera que fuera arrollado por ella?
- Es que no pude evitarlo, fué una reacción instintiva.
- ¿Insiste entonces en su versión de los hechos?
- Sí señor inspector.
- ¿Insiste en que había un individuo atascado dentro de la fotocopiadora?
- Por estas – dijo ella, besando una medalla de San Judas Tadeo que llevaba colgada al cuello.
Reprimiendo a duras penas un gesto de incredulidad, el Inspector Pardo se dirigió a su ayudante en busca de pruebas para confirmar aquella declaración.
- ¿Qué tenemos?
- Verá Sr. Inspector, parece ser que la Sra. Paquita, secretaria del Director del Departamento de Cuentas, está sometida a bastante estrés y tiene algún antecedente de crísis nerviosa, pero por lo general es una persona relativamente estable.
- Bien, ¿qué más?
- Al poco de entrar ella en la habitación todos los testigos le oyeron lanzar un grito de pánico y acto seguido apareció através de la puerta, haciéndola pedazos con la fotocopiadora y empujándola escaleras abajo. A partir de aquí hay un rastro de piezas sueltas del aparato, hojas de papel, trozos de chapa, escalones rotos, desconchados en las paredes, dos macarrones y grandes cantidades de polvo de toner negro repartidos a lo largo de tres pisos de escalera, hasta el hall de entrada al edificio.
- Entonces el asunto está claro ¿no?, es un caso de psiquíatrico.
- Quizás no tan claro, Sr. Inspector. El contable nos confirma que momentos antes de ver entrar a la Sra Paquita en la habitación de la fotocopiadora oyó con claridad un chasquido metálico que procedía del interior y le pareció ver un destello como de flash fotográfico que no supo ubicar, a los que no les dió importancia porque estaba ocupado en su trabajo. – dudó un momento antes de continuar – Ah, …y también tenemos esto – dijo, mientras le pasaba unas cuantas hojas de papel -. Lo hemos recogido de las escaleras, estaba repartido entre todos los pisos.
El Inspector Pardo le echó un vistazo a los papeles. Eran fotocopias en blanco y negro, muy oscuras a su juicio y sucias con polvos de toner. En todas ellas podía verse reproducido con bastante claridad el rostro de un individuo sin identificar retorciéndose de dolor en una mueca imposible, aplastando la cara y un pié descalzo contra el cristal de la fotocopiadora.
© Pep Bussoms – 2008 (Todos los derechos reservados)
Había sido el único superviviente del naufragio. Llevaba 50 días en aquella isla. Había aprendido a luchar sobre todo contra el viento, la lluvia y los feroces caníbales de una isla cercana. Ahora se encontraba sentado sobre la arena, contemplando las gaviotas, aburrido. De repente un destello azul en el cielo lo cegó por unos segundos. Los suficientes para no ver la lluvia de macarrones ardiendo que le impactó sobre la cara causándole quemaduras de tercer grado. Pero eso no fue lo que le mató. Murió por las diversas heridas profundas producidas por el cristal del plato que venía a continuación.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
“Lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible”.
Serán cosas de la edad, pero estoy completamente segura de que hace sólamente un minuto he metido un plato de macarrones en el microondas para calentarlo.
¿Dónde están mis macarrones?
…y lo que es peor:
¿Qué hace una bota usada dentro del microondas?
© Pep Bussoms – 2008 (Todos los derechos reservados)
Encendió la maquina. Se escuchó un tenue murmullo que fue ascendiendo paulatinamente llegando a convertirse en algo ensordecedor. Para el Profesor Mercury aquello no tenía importancia. En primer lugar llevaba los cascos que evitaban traspasar cualquier onda sonora a sus oídos y por otro el ruido que emitía su invención era lo de menos. Si aquel experimento funcionaba marcaría un antes y un después en la historia de la humanidad.
Se colocó las gafas ahumadas, se abrochó el mono gris y desde la pequeña barricada de acero dirigió el cañón hacia la pared de cemento situada frente a él. Marcó las coordenadas: #EUSV91. El ordenador las asumió, acto seguido pulsó enérgicamente el botón.
Un potente rayo de luz azulada fue vomitado por la punta impactando en la pared. No rebotó. Todo lo contrario. Se quedó allí impregnando el cemento de una poderosa resistencia creando una especie de círculo perfecto. Tomó todos los enseres que necesitaba para el viaje. Se colocó el casco con la cámara incorporada, la puso en marcha y se dirigió, decidido, hacia la intensa luz azul…
… El Profesor Mercury fue expulsado por el agujero de forma violenta. Rodó por el suelo hasta detenerse junto a unas cajas de metal apiladas. Desde el suelo pulsó el interruptor y el cañón se apagó. Se incorporó lentamente. El cuerpo le dolía horrores. Se sacudió el polvo negruzco del uniforme. Se quitó el casco y las gafas. Pese al intenso dolor sus ojos irradiaban felicidad, sorpresa y sobre todo gozo. Tosió un poco de sangre. Durante el salto, ¿o habían sido dos? había perdido una bota, la linterna y uno de los medidores de flujo de intensidad. ¡Pero lo había logrado! ¡Había conseguido dar viajar a otra dimensión! ¡Si, lo había conseguido! Y lo mejor… ¡Había conseguido regresar sano y salvo!
corrió hacia el ordenador. No vio que en el ordenador había marcada otra coordenada #EUSV88. Simplemente enchufó al puerto USB la cámara con la que había captado las imágenes de aquella otra dimensión. ¡Tenía que verlo!¡Tenía que ver todo aquello de nuevo con más tranquilidad! Luego comunicaría su proeza al resto de la humanidad.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Era el mejor cardiólogo del mundo. Un día su corazón enfermó. Como no se fiaba del resto de sus colegas decidió realizarse el trasplante él mismo. Murió en cuanto separó el corazón dañado de su cuerpo.
Su viuda lo denunció, por negligencia. Ganó el pleito y se hizo millonaria.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Entró en la plaza y cortó dos orejas y un rabo. Actualmente cumple condena por intento de homicidio con agravante.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Entró a la cueva a cazar un oso y salió con uno agarrado de la mano.
Dedicado con mucho cariño a Luis y Salva.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
A quien madruga, Dios le ayuda, pero esa mañana Dios se había dormido.
No por mucho madrugar amanece más temprano dijo la madre de Aurora Boreal.
No hizo gracia al panadero que su hijo llegara con un pan debajo del brazo.
Al pan, vino y al vino, pan. Y así nació la política.
El que se pica, ajos come (y les tiene alergia).
La traumatóloga estaba stressada, mucho trabajo y dos amantes y encontró la solución, se expendió la baja por rotura femoral y se quedó en casa.
No tenía dinero para botox así que se mudó a Londres por aquello de al mal tiempo…
A lo hecho, pecho. Y se ahorró la intervención.
El pez cerró bien la boca y murió de hambre.
Mató tres pájaros de un tiro.
Contigo, pan y cebolla. A los dos meses se divorciaron.
© Eva Royo – 2008 (Todos los derechos reservados)
Todo estaba listo para el lanzamiento. El comandante Tobías O’Connor realizaba por radio las últimas comprobaciones con la estación de control antes de iniciar la cuenta atrás.
Por fin había llegado el momento. A través de los auriculares le llegó la voz del director de operaciones de la rampa de despegue, con un tono estudiadamente neutro, sin emoción:
- Diez…
- Nueve…
- Ocho…
- Siete…
Una frase hecha cruzó la mente de Tobías en ese momento – “La suerte está echada” – pensó, sin poder evitar que un leve estremecimiento le recorriera la columna vertebral de arriba a abajo.
- Seis…
- Cinco…
Era la primera vez que un cuerpo de científicos organizaba una expedición espacial justo al centro de la nada. Querían comprobar qué había de cierto en sus conjeturas.
- Cuatro…
¿La nada es nada porque está vacía? ¿…o está vacía porque no admite nada?
- Tres..
¿Qué sucede con la nada si le ponemos algo en medio?
- Dos…
¿Qué es lo que desaparece? ¿La nada o el algo? Parece evidente que el vacío desaparece en cuanto se llena con algo; pero esa afirmación había que demostrarla empíricamente.
- Uno…
De pronto, Tobías O’Connor tuvo una inspiración.
- ¡Cero!
Lástima que no se le hubiera ocurrido un poco antes. Los cohetes de propulsión empezaron a rugir a sus espaldas y Tobías sintió la fuerte aceleración negativa que aplicaban a la nave y a todo su cargamento, con él incluído: Habían empezado a elevarse.
Su intuición le habría ahorrado a la agencia espacial un montón de dinero; y quizás habría salvado también una vida. Quiso decir algo, pero la tremenda energía que sentía presionando sobre su cuerpo le obligaba a apretar con fuerza las mandíbulas y a mantener todos los músculos en tensión. De todos modos, el rugido ensordecedor de los motores habría impedido cualquier comunicación con la estación de control.
Desde el exterior, el público miraba extasiado el gran espectáculo, mientras el cohete se elevaba dejando una espesa columna de humo blanco tras de sí.
Otra frase hecha cruzó por la mente del Comandante Tobías: “Para este viaje, no hacía falta alforjas”.
La nave desapareció de la vista del público, convertida en la distancia en un punto infinitesimal en medio del azul intenso de un hermoso cielo de primavera.
“Cortos Sin Filtro” © Pep Bussoms – 2008 (Todos los derechos reservados)
Abrió la puerta y salió del armario.
No había punto de comparación, afuera había mucha menos gente y se respiraba mejor.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Mi homeo me ha confesado que, entre dos opciones, tengo que escoger la que me haga más feliz, porque si estoy feliz, estoy bien; si estoy bien mi cuerpo está más sano, y que, de todos modos, la perfección no existe.
© Eva Royo – 2008 (Todos los derechos reservados)
Jung decía que había un inconsciente colectivo para toda la humanidad con todo lo que se había sentido y aprendido hasta el momento. Esto presupone que el ADN se modifique a lo largo de la vida. Freud decía que a través de la conciencia podíamos llegar al subconsciente pero nunca al inconsciente.
Yo sólo tengo consciencia individual de mi felicidad inconsciente.
© Eva Royo – 2008 (Todos los derechos reservados)
He decidido no hacerte ya caso. ¿Tú qué piensas?
© Eva Royo – 2008 (Todos los derechos reservados)
Eres tan predecible…, repitió ella. Él asintió resignado y le preguntó que qué tenía eso de malo mientras deslizaba, sin ser visto, un somnífero en su bebida.
© Eva Royo – 2008 (Todos los derechos reservados)
Querer es poder, dijo él. Pues yo quiero que tú no puedas, dijo ella.
© Eva Royo – 2008 (Todos los derechos reservados)
Entré corriendo a devolver las lentejas. Al verlas sobre el mostrador, la dependienta hizo un gesto de disgusto y, sin decir palabra, puso encima un cuarto de ensaladilla.
© Laura Moya, Richard Archer y Pep Bussoms – 2008 (Todos los derechos reservados)
Dicen que dijo el río llegando a la mar:
¡¡¡ Aparta, que voy !!!
© Laura Moya y Pep Bussoms – 2008 (Todos los derechos reservados)
Era to-todo un espe-pecialista en ta-ta-ta-ta-rear ca-a-anciones.
© Laura Moya, Richard Archer y Pep Bussoms – 2008 (Todos los derechos reservados)
Se pasaban el día discutiendo y decidieron poner fin a su relación. El pie derecho se fue a la izquierda y el pie izquierdo a la derecha.
© Laura Moya, Richard Archer y Pep Bussoms – 2008 (Todos los derechos reservados)
-¡Vamos a escribir un cuento juntos!- Le sugirió entusiasmado a su amigo.
-¡Vale! ¿Como lo hacemos?
- Muy fácil. Yo voy pulsando las vocales y tú las consonantes.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Allí había gente de todas las razas y credos: blancos, negros, amarillos, rojos, azules, verdes y hasta a topos, cristianos, judíos, musulmanes, budistas y hasta satánicos. Todos juntos, todos unidos, todos pasándoselo bien, en completa comunión. Lástima que ya no hubiera ni una puta mierda para comer.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
En cuanto la conocí me enamoré de sus ojos de almendra.
Dulce, dulce mirada.
Todo lo demás era cáscara.
“Cortos Sin Filtro” © Pep Bussoms – 2008 (Todos los derechos reservados)
Le dispararon, a bocajarro. En vez de sangre de su cuerpo comenzaron a salir letras. Éstas, derramadas en el suelo, crearon una novela negra.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
-¿Por qué soy tan negativo? – Preguntó el color negro al resto de tonos cromáticos.
-Tú no eres negativo.- Le contestó el azul marino. – Sólo eres oscuro y profundo.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
No sabía porque la detenían hasta que se puso las gafas y vio sujetaba de la mano a un niño que no era su hijo.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
-¿Por qué no quieres crecer?- le preguntaron sus compañeras.
-Porque si lo hago, como lo estáis haciendo vosotras, me cortaran y luego me cocinaran.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
-¡Por fin libres!- Gritaron los cinco dedos de la mano, todos al unísono, tras salir de la prisión del guante.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
-¿Tu a quién quieres más a papa o a mama?- Le pregunta una abuelita a su nieto
- A ninguno. – Le contesta el niño.
-¿Y eso?
- Pues a Papá no porque se pasó siete de los nueve meses que estuve dentro de mi madre noche y día golpeándome la cara con su jodido pene. Y mamá tampoco porque se pasó todo el puñetero embarazo tratándome de sacar de su barriga con la punta de una percha oxidada.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
-¿Tu cómo ves el vaso, medio vacío o medio lleno?- Le preguntó un depresivo a otro.
-Lo veo roto en mil pedazos sobre tu estúpida cara.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
En un arrebato el final mató al principio por mera envidia. Entonces se dio cuenta que su vida no tenía sentido y dejó de existir.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
-Hola me llamo Sístole.
-Pues yo Diástole.
-Encantado de conocerte.
-Lo mismo digo.
-¿Y qué te cuentas?
-Pues estoy siempre que no paro.
-! Qué casualidad, yo también!
-¿Y si nos tomamos unas vacaciones?
-No sería mala idea. Creo que nos lo merecemos.
-¿Pues a qué esperamos?
PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII…
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
¿Estará construido mi ataúd? Pensó el hipocondríaco.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Recorrió el mundo buscándose a sí mismo sin ningún resultado. Cuando por fin llegó a casa y se asomó al espejo del cuarto de baño descubrió que por fin se había encontrado.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Cerró los ojos y sus zapatillas dejaron de hablar.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Se sentó al pie de la ventana, como cada día, durante cinco largos años. La habitación permanecía a oscuras, llena de polvo. Aquel lugar olía a rancio. A ella aquello no le importaba, esperaba con ansia a su amado, cada día, durante cinco largos años.
Lo vio aparecer por la esquina derecha de la ventana. Ella emitió un suspiro que sonó entre lamento y anhelo. Él no estaba sólo. Iba acompañado por otra mujer, ambos iban agarrados de la mano. Parecían muy enamorados. Ni siquiera se percataron de su presencia a varios metros de altura contemplándolos desde la ventana, como llevaba haciendo cada día, durante cinco largos años.
Ella los miraba con tristeza y envidia a través de sus ojos grises habitantes de un rostro pálido. Descubrió su brazo, bajo su jersey negro. Estaba lleno de cicatrices. Había dibujos como corazones rotos cubiertos de costra, también había letras, iníciales de todos los tamaños y formas. Algunos llevaban mucho tiempo grabados los había hecho ella, cada día, durante cinco largos años.
Buscó un espacio, le costó encontrarlo. Tomó la cuchilla y sin apartar la mirada de los amantes dibujó una especie de lágrima surgiendo como de un extraño ojo. La sangre no tardó en hacer acto de presencia, llenando la lágrima, dotándola de un tono oscuro y negro. Algunas gotas se cayeron al suelo. Se estrellaron mezclándose con los restos de otras gotas, secas. Gotas que llevaban mucho tiempo allí y que ella se había negado a limpiar, cada día, durante cinco largos años.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
La cosa oblonga se acercó a husmear a la cosa elíptica de forma tímida, con cierta precaución. La cosa elíptica emitió un respingo, aunque carecía de ojos parecía que estaba dormida y se había despertado de forma súbita. Su cuerpo palpitó, como el de un flan o el de un globo hinchado relleno de agua. La cosa oblonga emitió un gemido, agachando lo que parecía su cabeza y de forma sumisa. La cosa elíptica lo olisqueó, aunque careciese de nariz. En menos de un segundo ya estaban refregando sus orondos y palpitantes cuerpos.
Veinte segundos más tarde aparecieron diecinueve diminutas figuras esponjosas del interior de la cosa oblonga y diecisiete figuras oblicuas de la cosa elíptica. Todos ellos se arrullaron y se alejaron de plano arrastrando sus extraños e inmensos cuerpos. Juntos, para siempre para no separarse jamás.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
La mesa está triste, pensó él. Parece que se va a caer sin sus patas, no se mueve, le cuesta respirar… La miró con cariño y la acarició. La vació de papeles y, amorosamente, la desplegó. La limpió con dulzura. Le pidió disculpas por la marca que le dejó con la taza de café. La mesa le miró con desconfianza, parecía que iba a agradecerle los cuidados a destiempo, musitó algo, un tenue crujido de compromiso, y se quedó inmóvil. Él dio media vuelta y salió de la habitación.
Esa lámpara me roba mi espacio. Se inmiscuye en mis asuntos. Me observa. Me molesta cuando me ilumina con sus manías. Quiere que lo vea todo a su manera. Un día, un día, un día contrataré a alguien que la deje sin bombilla. Ya sabrá entonces lo que es vivir a oscuras.
El carrito de la compra no cambiaba nunca. Siempre vestía igual. Cuando estaba abierto y vacío adoptaba ese aire de eterno adolescente con ropa grande. Lleno, parecía siempre enfadado. No se lavaba casi nunca, a veces olía. Y ya tenía una edad. No sé cómo podía aguantarlo, día tras días, encerrado en su cuarto. Cuando se comparte una casa, hay que hablar más. Si no, ¿para qué? Así que empecé a comprar por internet y lo eché de casa.
© Eva Royo – 2008 (Todos los derechos reservados)
Quiero dormir, le dijo al médico. Él la miró condescendiente y la adoctrinó con todos los rituales establecidos para dormir bien. Cuando llegó a “No tome café después de las cinco”, ella dormía ya profundamente.
Quiero dormir de noche, le dijo al médico. Él le pasó un folleto con todos los rituales establecidos para dormir bien. Ella le dijo que ya los conocía y que no le servían de nada. Él le habló de unas pastillas. Tampoco le servían. El médico era orgulloso y sacó de un armario la botella de vodka que guardaba desde la boda de su secretaría. Al cabo de una hora, ambos dormían plácidamente.
Quiero dormir de noche y en una cama. Tengo el sueño cambiado. La mirada del médico atisbaba destellos de compasión entre los de rutina. La miró y le dio un billete a Australia, le contó que, cuando en España es de día, allí es de noche y le deseó buena suerte.
© Eva Royo – 2008 (Todos los derechos reservados)
Rodó, girando como una loca hacia un punto impreciso. Mientras rodaba contempló el mundo girando sobre sí misma. La gente de repente estaba cabeza arriba como de golpe cabeza abajo, como sucedía a los coches y resto de objetos que decoraban la calle. Rodó, siguió girando. Atravesó un charco y se refrescó de arriba a abajo, el agua estaba sucia pero por lo menos estaba fresquita. Lo quizás más rabia le daba mientras giraba era que se perdía gran parte de los detalles ya que iba a tal velocidad que no podía concentrarse en los detalles de lo que sucedía a su alrededor. Pero por otro lado el sentimiento de libertad compensaba todos los otros pesares. Rebotó, contra el borde de la acera, pero no por ello perdió velocidad, es más del impacto giró con mucha más fuerza sobre sí misma.
Los niños corrían tras ella, alzando las manos como para poder atraparla pero no lo conseguían. Ella iba más rápido. Atravesó la calle, esquivando por la inercia a varios vehículos, algunos niños se detuvieron, se escucharon varios frenazos y junto a ellos varios bocinazos. Quien no se detuvo fue su dueño, el niño tenía fija la mirada en ella, sus ojos hablaban de temor, temor a perderla y a no divertirse nunca jamás. No vio venir el coche. Fue todo muy rápido. El frenazo no consiguió detener el triste acontecimiento. Ella seguía rodando pero pudo ver al niño volar por los aires varios metros escupiendo un delgado chorro de sangre por la boca. Desde su extraña perspectiva le vio dar tres vueltas de campana por el aire antes de estrellarse en el suelo definitivamente ya inerte.
Ella siguió girando. Ya nadie la perseguía. Encontró una pendiente que hizo que frenase su velocidad. Entró por la puerta del parque chocando y rebotando por doquier hasta acabar reposando bajo un árbol, entre sus raíces fuera del alcance de la vista de cualquiera. Pasaron varias semanas hasta que otros niños la encontraron. Estaba muy sucia y algo deshinchada, pero serviría para darle unas buenas patadas, cosa que hicieron rodeándola entre un tumulto de pies y griterío.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Descubrió que no era de carne y hueso tras caerse de la estantería y romperse en mil pedazos.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Sobrevoló el cielo, con sus alas de plata y su vestido de tul azul y purpura. Su vuelo era errático ya que hacía lo imposible por aguantarse el inmenso dolor de tripas. Aquella era la última vez que decidía comer mejillones. Nunca le sentaban bien pero tenían tan buena pinta… Cuando estaba a punto de llegar soltó una sonora flatulencia. Pero no venia sola. Tras ella le acompañaba un buen chorro de diarrea. La pequeña musa se sintió muy avergonzada y en cuanto terminó de defecar en el aire salió volando moviendo sus alas en modo turbo.
Abajo, sentado en un banco se encontraba un joven. Se llamaba Adolf. Lo acababan de expulsar de la academia de dibujo. Estaba indignado, pero también rabioso y desolado. Recibió el chorro de diarrea en toda la cabeza, cubriéndole de arriba a abajo. Suerte que no la vio porque era invisible. Lo que no era invisible era su efecto. “¡Ya se, dejaré el dibujo y me dedicaré a la política! ¡Cómo no se me había ocurrido antes!” Cargado de un nuevo entusiasmo arrojó los lienzos al cubo de la basura y se marchó raudo decidido a enfrentarse a una nueva aventura.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Sonó el timbre. Caminó sigilosamente por el pasillo para no hacer ruido. Se arrimó a la superficie de la puerta, casi sin respirar. Miró a traves del diminuto agujero de la mirilla. Descubrió que era él mismo que venia a visitarse. Decidió no abrir. No le apetecía ni lo más minimo tener que hablar horas y horas consigo siempre de lo mismo.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Descubrió que leyendo los cuentos por el final eran mucho más divertidos. Las historias cobraban otro sentido. En los reinos ya se habían comido las perdices y vivido felices. Los malos resucitaban de su muerte horrenda y los ogros y los duendes se iba a dormir a sus cuevas donde supuestamente había permanecido allí desde tiempos inmemorables. Las princesas se desenamoraban y volvían al los brazos de su padre, el rey, que resucitaba de una muerte misteriosa. Las madrastras malvadas se desdecían de sus planes y pasaban del odio a la indiferencia, ya que las princesas volvían a ser niñas y su belleza se ocultaba disfrazada de candidez. Además como ya sabía cómo iba a acabar todo quedaba la incógnita de cómo el cuento iba a comenzar. Eso era lo más bonito para ella. Lo más interesante. Saber cómo podían comenzar las cosas.
Dedicado a mi niña Laura. Inconformista hasta la médula pero en el fondo una personita encantadora.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
“Cortos Sin Filtro” © Pep Bussoms – 2008 (Todos los derechos reservados)
Por fin se había decidido a meterse en el agua. Después de acudir al psicólogo durante 12 años para vencer su miedo al mar. Sintió el agua en sus pies y se estremeció. Tenía que superarlo. Avanzó con miedo pero decidida, con su esplendido bikini nuevo y su pelo ondeándole al viento. Se sentía bien a pesar de todo. Lo estaba superando, sentía que lo estaba superando…
El cometa se estrelló contra el océano con una fuerza devastadora. La inmensa ola que se formó tras el impacto barrió todo lo que se encontraba en 5000 kilómetros a la redonda en escasos segundos.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Aparcó el coche en la 4 planta del parking subterráneo. Cuando avanzaba hacia la salida escuchó el estruendo, como el de una vibración intensa. Pensó que era el metro que pasaba varios metros más abajo. Lo curioso era que le pareció que el sonido venía desde otro lugar, como desde arriba. Cuando se acercó al ascensor ya no le dio la menor importancia. Ni se percató de la polvareda que bajaba por una de las escaleras que conducían a los pisos superiores.
Cuando abrió la puerta principal se quedó boquiabierta. Ahí donde antes había una ciudad bulliciosa, llena de coches y peatones ahora reinaba el infierno. Todo eran cadáveres humeantes, ruinas y coches volcados en llamas o apilados los unos sobre los otros en ángulos imposibles.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Saltó sobre la plataforma y esta comenzó a tambalearse sobre sus pies. Antes de que ésta cayese al vacio ya había alcanzado la siguiente sintiéndose a salvo. Pero no duraría mucho bajo sus pies. Además aún le quedaban otras 6. Salto la siguiente, la que le seguía y la que estaba a continuación. Todas ellas sin ninguna dificultad. Abajo, la lava bullía emitiendo grandes oleadas de calor y burbujas de un amarillo intenso como el corazón del sol. Su ropa se estaba agujereando por las chispas que salían de las burbujas y que se precipitaban indistintamente sobre su cuerpo. Cuando sólo quedaban dos plataformas más una de esas chispas le entró en un ojo. Emitió un chillido de dolor llevándose rápidamente la mano a los parpados. Aquello dolía horrores. Entonces perdió el ritmo y la concentración. La loseta de debajo de sus pies cedió por su peso y se vino abajo. Él la acompañó gritando de terror, agitando sus piernas y brazos en el aire como si tratase de un ave que intenta remontar el vuelo. Antes de tocar la superficie ardiente de la lava tubo un simple pensamiento: Se lamentó mucho de que aquello fuese la puñetera realidad y no se tratase de un videojuego.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
A resultas de aquel accidente tuvieron que amputarle los dos piés.
- Pero eso no va a ser ningún problema – le tanquilizó el cirujano -, en esta ciudad vive el mejor ortopeda del mundo, es un gran especialista y sus trabajos son considerados en todas partes como verdaderas obras de arte.
El médico no exageraba. Cuando fué a visitar la consulta del ortopeda se quedó maravillado. Las paredes estaban cubiertas con expositores llenos de apéndices, miembros y extremidades artificiales de todo tipo construídas en todos los materiales imaginables. Había piernas y manos biónicas de tecnología de última generación, controladas por inteligencia artificial y cubiertas por una capa de piel orgánica cultivada que las hacía indistinguibles de las naturales. Había dedos, narices y orejas elaborados en silicona, porcelana, aluminio, titanio, metales preciosos, plata y oro, algunos de los cuales eran más bien obras de orfebrería.
Algunas de aquellas piezas estaban diseñadas especialmente para realizar trabajos que requerían una fuerza o una destreza física extraordinaria para los que los miembros naturales no eran suficiente. Entre sus clientes más famosos había pianistas de renombre, pintores, escultores y deportistas internacionales.
Aquel hombre era mucho más que un ortopeda, era un verdadero artista.
- ¿Qué desea? – le preguntó desde el mostrador nada más verle entrar en la tienda.
- Pues verá, he tenido un accidente y necesito dos piés nuevos -, le respondió él desde la silla de ruedas.
- Ah, ya veo. ¿Y los desea de algún tipo especial? ¿es Ud. bailarín? ¿corredor olímpico? ¿vendedor a domicilio? ¿deportista de élite…?
- No, no. En realidad no los uso demasiado. Soy informático y me paso el día sentado. Pero me gustaría que fueran lo más naturales posible, talla 42 a poder ser, y ya puestos, que tengan un diseño elegante.
- No se preocupe. Tengo justo lo que necesita.
El ortopeda salió de detrás del mostrador y empujando la silla le llevó hasta una habitación contigua en la que dos grandes vitrinas cubrían toda la pared del fondo, desde el suelo hasta el techo. A un lado los piés izquierdos, al otro los piés derechos.
Al ver aquel espectáculo no pudo contener las lágrimas de emoción.
- ¡Oh! ¡Sí, sí! ¡Qué maravilla! Quiero un par de piés como aquellos de allí. Uno de cada, izquierdo y derecho.
- Ah, vaya… ¿uno de cada? – le respondió el ortopeda un tanto contrariado – lo siento muchísimo pero eso no va a poder ser. Tengo que servirle dos pies izquierdos.
- ¡¡¡ ¿Dos piés izquierdos? !!! ¿Pero cómo es posible? ¿que hago yo con dos pies izquierdos?
- Verá Ud., no quisiera sonarle arrogante, soy un excelente ortopeda, un artista profesional, todas mis obras son diseños exclusivos de autor, y yo tengo que vivir de mi trabajo. Además, aunque quisiera no podría venderle otra cosa, la sociedad de autores se me echaría encima con su ejército de abogados: Todos los derechos están reservados.
“Cortos Sin Filtro” © Pep Bussoms – 2008 (Todos los derechos reservados)
- ¡Muy buenos días!
Silencio.
- ¡Muy Buenos días!.- Repitió por si no lo había escuchado.
Silencio.
-¿Por qué no me da los buenos días? – Le preguntó molesto.
- Porque son míos y sólo míos. – Contestó su interlocutor.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
“Ante todo eres un payaso.” Eso no se lo podía quitar de la cabeza. Su objetivo era hacer reir, nunca hacer llorar. Se coloco al pie de la puerta, junto a las escaleras del gran edificio de cemento gris. Los niños no tardaron en llegar, estaban delgados, con los ojos hundidos, algunos hasta iban casi desnudos, dejando a la vista unas piernas que parecían las patas de una cigüeña o un pecho semejante a un xilófono. En cuanto lo vieron echaron a correr hacia él, alguno que otro reía. Él los recibió abriendo sus manos al aire y moviéndolas de un lado para otro como si saludase con ambas. Eso si, los niños no se pusieron en corro a su lado. Lo tenían prohibido. Formaron una fila casi delante de él.
Él comenzó su número habitual, consistente en lanzar bolas al aire y tratar de cogerlas, claro que no debía hacerlo ya que de esta forma no se reirían. Y de eso constaba su trabajo. Hacer reír. Muchos niños le miraba ilusionados, otros reían y un par lloraban de emoción. Los más pequeños, en brazos de sus hermanos más mayores aplaudían con sus manitas. Él podía verlos como lo miraban con sus ojos inmensos llenos de ternura e inocencia como si eso fuese algo realmente mágico. Ojala fuese así. “Ante todo eres un payaso” Se repitió de nuevo tratando de contener la ira, el odio, la impotencia, el llanto.
La guardiana comenzó a emitir alaridos alzando su fusta en el aire. Los niños, uno por uno, fueron entrando tras la gran puerta gris. Todos y cada uno de ellos fue despidiéndose del payaso, él les correspondió emitiendo sonidos divertidos de su boca, bueno, algún grito de dolor también se le escapó. “Ante todo eres un payaso.” Trataba de inculcarse.
Por un momento pudo ver cómo iban dejando sus pijamas de rayas en el suelo y un soldado les iba dando una pastilla de jabón. Muchos de ellos temblaban de frío y se arrimaban los unos a los otros apoyando sus manitas en la espalda de su compañero para darse calor. O para darse protección…
Entraron en tropel en las duchas. El soldado cerró la puerta de forma impasible. Al cabo de unos minutos se comenzaron a escuchar los golpes y los gritos. Un minuto más tarde sobrevino el silencio. “Ante todo eres un payaso.” Se repitió una y otra vez tratando de no llorar y de no estropear con ello su maquillaje.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Me llamo Tobías y soy un personaje de cuento. Si me moldean bien se hacer reír, llorar, enamorarme bajo el sol del horizonte o entre una lluvia intensa con el cuerpo medio hundido en un lodazal. Se luchar con espada, montar a caballo, bucear e ir en bicicleta. También dispongo de carnet de conducir y se hacer escenas arriesgadas si se precia. Si me ponen alas y me dan superpoderes puedo hasta volar y luchar contra supervillanos. Se disparar y utilizar todo tipo de armas y cambiar mi fisonomía al antojo de cualquier autor o trama. Puedo protagonizar cuentos cortos, ultracortos o breves. Puedo incluso ser el eje central de una novela o trilogía. Doy tanto de mí que puedo incluso competir con personajes de la talla de Sherlock Holmes, Drácula, James Bond o Frodo Bolson. Para mí sería un placer ser protagonista o secundario de una de sus obras.
Les saluda Atentamente:
Tobías O´Connor.
Neurona G-A 7865476
Lóbulo Izquierdo Centro.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
De tanto ir a cantar a la fuente, al final se le rompió el alma.
“Cortos Sin Filtro” © Pep Bussoms – 2008 (Todos los derechos reservados)
- Papá, papá, cuéntame algo…
- ¿Qué quieres que te cuente?
- No sé …un cuento que no se acabe nunca: ¡El de la familia numerosa!
- Está bien, está bien: “Había una vez una familia de números que eran todos primos entre sí. Estaban el número 1, el 2, 3, 5, 7, 11, 13, 17, 19, 23, 29, 31, 37, 41, 43, 47, 53, 59, 61, 67, 71, 73, 79, 83, 89, 97…”.
“Cortos Sin Filtro” © Pep Bussoms – 2008 (Todos los derechos reservados)
- ¿A qué piso?
“Cortos Sin Filtro” © Pep Bussoms – 2008 (Todos los derechos reservados)
a, e, i, o… o… o… o…
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
¡Ay!
“Cortos Sin Filtro” © Pep Bussoms – 2008 (Todos los derechos reservados)
Todo acabó de repente, antes incluso de haber empezado.
“Cortos Sin Filtro” © Pep Bussoms – 2008 (Todos los derechos reservados)
-Pruébese éste…- Le dijo la dependienta mostrándole una preciosa Pamela adornada con un delicado lazo violeta.
La mujer se lo acercó a la cabeza. La Pamela descendió hasta cubrirle casi los ojos.
-¿A ver?… Huy, no. Me va muy grande.
-¿Grande? Pero si es de su medida. ¿A ver éste? – Le comentó mientras le entregaba un sombrero de fieltro sin alas y decorado con deliciosas cerezas artificiales.
El sombrero descendió hasta casi la altura de la punta de la nariz.
-También… También me va grande. – Dijo la mujer con un sofoco.
-¡No puede ser es imposible! – Resopló la dependienta. Entre las dos habían conseguido llamar la atención de la mitad de compradores de la tienda. Algunos de ellos ocultaban su sonrisa tras unos impolutos guantes blancos. – A ver si con este va mejor la cosa…
La mujer se acercó otra Pamela confeccionada en punto, blanca con una cinta fina y roja alrededor. No sobrepasó de su coronilla.
-¡Es demasiado pequeño! – Comentó indignada.
-¿Pequeño? ¡Pero si es de la misma medida que los otros!
- Pues no lo entiendo. – respondió ofuscada la dependienta- Yo…
- Yo si lo entiendo.- Interrumpió entonces el dueño de la sombrerería. Un señor orondo, bajito, de cabello blanco y con un bigote descomunal acabado en punta – El problema no es de los sombreros.- Comentó el caballero mientras se quitaba el monóculo de su ojo derecho y comenzaba a limpiarlo con un pañuelo.- Nunca es de los sombreros. Aquí quien sí tiene un problema es su cabeza, señora ya que no deja domesticarse y hace todo lo posible para que nada ni nadie la pueda vestir. Me temo que como no ponga remedio inmediato jamás podrá lucir una obra de arte como las nuestras en lo alto de su mollera.
Acto seguido se colocó el monóculo en el ojo y comenzó a reírse, a carcajada limpia. Como el resto de compradores que habitaban su establecimiento.
Basta decir que la dama salió del establecimiento y no volvió nunca jamás.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Entró en el Hall de la casa. Olía extraño. Todo estaba muy oscuro. Cuando encendió la linterna pudo ver que las paredes estaba decoradas de color rojo, como parte del techo y la mullida alfombra que estaba pisando. Al fondo del pasillo vislumbró el marco de una puerta, con una pared tras de él. Un extraño viento cálido surgía de su interior. Comenzó a avanzar. Había mucha humedad en su interior. Le costaba respirar. Minutos antes alguien le había advertido que no hiciese el más mínimo ruido o la casa se daría cuenta de su presencia y entonces sería su fin.
Le gustaban las apuestas. Cuanto más arriesgadas mejor. Había mucho dinero en juego y éste ya le estaba quemando en el bolsillo. No creía en casas encantadas, ni en espíritus, ni en seres sobrenaturales, así que lo que menos tenía era miedo. “¿Vas a entrar en la casa más encantada del mundo y ni siquiera tiemblas de terror?” Él se rió recuerda haberle propinado a su apostador una palmadita en la mejilla. A acto seguido entró en el caserón.
Hacía bastante calor dentro. Se quitó la chaqueta y la arrojó sobre la alfombra. Solo tenía que permanecer en la casa unos diez minutos no más. Habría sido la persona que más tiempo habría permanecido dentro, la única superviviente. Miró el reloj. Quedaban aun ocho minutos y de momento no había sucedido nada. Avanzó varios pasos más hasta llegar casi al marco de la puerta que conducía al pasillo… un momento, aquello no era un pasillo. Aquello era un túnel sin escaleras y sin fondo. De repente el suelo se movió, de forma brusca, violenta como si se encontrase en el mismo epicentro de un terremoto. Un sonido gutural llegó desde el interior del túnel. Era como uno de esos sonido emitido por una ballena pero ralentizado. Sonaba como algo demencial.
Rebotó sobre la alfombra dándose dolorosos cabezazos que lo dejaron aturdido. Cayó hacia la izquierda, golpeándose con unos extraños adornos arrimados a una de las paredes. Eran muy duros y le hicieron mucho daño. Parecían como un cúmulo de sofás o armarios alienados fabricados de un material muy duro. Tanteó por el suelo. Estaba muy húmedo, cada vez más. Tras dos intentonas alcanzó la linterna que se le había apagado. Al encenderla dirigió el rayo de luz hacia el techo. Éste parecía haberse encogido considerablemente, de repente lo vio de nuevo subir y bajar y subir. Apuntó el haz de luz hacia los objetos duros que habían golpeado su cabeza. Emitió un grito desgarrador ¡Aquello no eran muebles! ¡Eran dientes! Trató de alcanzar la salida pero le fue imposible. La enorme alfombra se lo impidió.
Murió al tercer bocado luego fue tragado linterna incluida. El apostador que esperaba fuera sonrió. Acarició la comisura de la puerta y descendió por las escaleras silbando una absurda canción. Tenía el bolsillo lleno de dinero. Mucho dinero. Y pensaba gastárselo.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Comenzó a limpiar con obsesión, una, dos o tres docenas de ocasiones la misma superficie de la loseta. Por mucho que la limpiase no la veía limpia. Insistió sin descanso, arrodillada sobre el suelo. No dormía ni comía a penas. Sólo quedó satisfecha cuando 50 años más tarde consiguió borrar un milímetro de la superficie y ver asomarse la nada. Sonrió. Emitió una especie de chillido victorioso. Entonces supo que tal cosa era posible y prosiguió afanosamente.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
-¡Hola! ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Donde te has metido?
-Pues me han operado y he estado convaleciente.
-¿Operado? ¿De qué?
-De los ojos. Me los he intercambiado de sitio.
-¿De sitio?¿Por qué?
-Era necesario. ¿Sabes? Gracias a ello ahora veo las cosas mucho más claras y concisas.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Tenía cordones pero no tenía zapatos. Aun y así se los abrochó y salió feliz a pasear por la calle.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Era una nueva especie. Una especie única de valor incalculable. Había nacido por generación espontánea, saltándose todas las reglas de la naturaleza. Era un hito en la historia de la evolución. Su tallo era verde, intenso, su flor de un amarillo brillante jamás visto en la gama de colores. El diseño de sus pétalos era espectacular. De una belleza sin igual.
Toby no sabía de nada de eso. Es más le importaba un puñetero carajo. Arrancó la nueva flor de un bocado, la masticó y como sabía horrible la escupió sobre la calzada. Luego levantó la pata y se meó sobre ella.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
-¡Sube!
- ¡No puedo!
-¡Pero si te falta poco para llegar a la cima!
-¡NO PUEDO!
-¡Si que puedes!
-¡No, no puedo!
-¡No te vas a rendir!
-¡NO! ¡QUÉ NO PUEDOOOOO!
-¿Y por qué no puedes?
-¡Porque pedazo de cabrón me estas pisando la mano!
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Tantos desastres, tantas desgracias, tantas señales: terremotos, inundaciones, epidemias; el hermano que se levanta contra el hermano, el padre que mata a sus hijos, los hijos que asesinan a sus padres. La cólera, el odio, la ira, el terror dueño de las calles. Hambre, frío, enfermedad, desesperación. Todas las cuartetas de Nostradamus desveladas, los restos de la Atlántida al descubierto, el último Papa expulsado del solio de Roma. Cometas, rayos fulminantes que castigan a los injustos, cuerpos de monstruos marinos varados en las playas, y el milenio al filo de su caída. Se podría decir que las revelaciones anunciadas por el Apocalípsis estaban a punto de culminar; …hasta que aquella misma tarde comenzaron a sonar las trompetas del Juicio Final.
Primero fué un zumbido lejano, monótono, difuso y apenas audible; pero conforme pasaban las horas el sonido se hacía más persistente y más profundo, haciendo vibrar las paredes de su apartamento. Parecía no venir de ningún sitio y de todas direcciones a la vez. Un zumbido insoportable que taladraba los oídos y penetraba en su cabeza. Una nota de trompa recogía a la siguiente, los siete cuernos del cielo soplaban a la vez con aliento exterminador abriéndose paso hacia él hasta que ya no pudo resistirlo más. El cielo se abrió en un crujido infernal desatando el galope de sus cuatro jinetes vestidos de fuego, zafiro, y azufre.
“Y en aquellos días los hombres buscarán la muerte, pero no la hallarán; y ansiarán morir, pero la muerte huirá de ellos” (Ap.9/6).
Gabriel se arrojó presa del pánico a través de la ventana del salón. El golpe contra el cristal le dejó medio aturdido, pero su cuerpo lo atravesó sin dificultad haciéndolo añicos. Fuera, todavía colgando ingrávido del vacío, le sorprendió la fresca serenidad de la noche. A sus pies, varias decenas de metros más abajo, la ciudad vibraba con su bullicio habitual y el sonido de las trompetas había cesado por completo.
Mientras su cuerpo empezaba a caer con peso uniformemente acelerado, Gabriel se sintió repentinamente invadido por la angustiosa duda del agnóstico:
¡¡¡ ¿Y si todo su temor sólo hubiera sido el crujir de una cisterna y el lamento de unas cañerías viejas? !!!
“Cortos Sin Filtro” © Pep Bussoms – 1999 (Todos los derechos reservados)
Ñelkj fpw eipoej pejl kejf ekjf, kelñd fnks hnkjgloñi erh, dmsn ba: ¡SJDHKAJPS!
Mnks ndjd ewjdnb euhun fcue. Piowenfd jende feinje, fdoisdury rkqed kj ahjsjdhu.
Eije dfejbnf, ejb e uihoefhfjkefn, kjhe. Skjhish fieuoqefd. Epyrn fiueyhfer bn eifuh fd.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Érase que se era un granjero que tenía una cabra que daba la mejor leche del reino. Un buen día la cabra se le puso muy enferma y nadie a leguas a la redonda podía ayudarle. El granjero desesperado se puso a llorar al borde de un pozo.
-¿Por qué lloras buen hombre? – Escucho como le decía una vocecilla desde el fondo del pozo. El granjero se asomó. A lo lejos chapoteando en el agua había un hombrecillo de nariz alargada y orejas puntiagudas.
- ¿Quién eres? ¿Qué haces en el fondo de mi pozo?
- Soy el duende del pozo Si me ayudas a salir de aquí te concederé el deseo que tú quieras.
- ¡Mi cabra! ¡Quiero que cures a mi cabra!
- Eso está hecho. Pero a cambio tendrás que darme algo.
- Pero si ya te lo habré concedido – exclamó el hombre.- ¡Te habré sacado del pozo!
- Si no hay trato despídete de tu cabra.
- No, no quería ofenderte. Te sacaré de aquí y te daré lo que tu quieras pero te lo suplico, cura a mi cabra.
El hombre arrojó una cuerda y sacó al duendecillo del pozo. Éste se acercó y haciendo un par de pases mágicos sanó al animal.
El hombre no salía de su asombro, estaba pletórico de felicidad.
-¡Gracias!¡Un millón de gracias!.- le repetía besándole las manos y los pies.
-Ahora me tienes que conceder un deseo a mí. – Sentenció el hombrecillo.
- Lo que tú quieras. ¡Tus deseos son ordenes!
- Quiero quedarme con tu cabra.
-¿Cómo?
- Ya lo has oído bien quiero quedarme con tu cabra. Si no es así volveré a dejarla como estaba. Tú decides.
- De acuerdo. Llévatela. No la mates.
Y el duendecillo agarró a la cabra y tras un chasquido de dedos ambos desaparecieron y no regresaron jamás
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
-¡Gluuuuub! ¡Glubbbbbb! ¡Glubbbbbbbb!
- ¿Qué dice que no le entiendo?
-¡GLUUUUUUUUUUUUBBBBBBBBBBB! ¡GLUUUUUUUUBBB!
- Que lastima. Si no se estuviera ahogando seguro que le entendería perfectamente.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
-¿Qué tres deseos quieres que te conceda? Le preguntó el genio nada más salir de la lámpara.
- Sólo quiero uno. Dijo el hombrecillo.
- ¿Uno? – Contestó el genio sorprendido.
- Si, uno.
- ¿Y cuál es ese deseo tan valioso y único?
- Que el mundo se quede tal como ya está.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
MEEEEC, MIC, MIC, MOOOOOOOC, BROOOOOM, BROOOOOM, ÑIAAAAUUUUUUUU, IIIIIIIIIIC, ¡Jopuuuuuuutaaa!, BROOOOOM, BROOOOOM, MOOOOC, MOOOOC, TOPTOPTOPTOPTOPTOP, MIIIIIIC, MOOOOOOOC, PAAAAABUUUUU, PAAAAABUUUUU, PAAAAABUUUUU, ROOOOAAAAAAAUUUUUU, ¡PRIIIIIIIT!
(Continuará; …seguro que continuará)
“Cortos Sin Filtro” © Pep Bussoms – 1999 (Todos los derechos reservados)
Aun lo amaba, como el primer día, pese a que le estaba devorando dolorosamente las entrañas.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Érase una bala que se cruzó en el camino con otra.
-Hola ¿Hacia dónde vas?
-¡Ay, hola! Hacia el corazón del tipo que tengo enfrente. ¿Y tú?
-Yo voy directo al entrecejo del que te ha disparado.
-¡Pues qué vaya bien!
-¡Lo mismo digo! ¡Mucha suerte!
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
-¿1,2,3,4,5,6,7,8,9?
-¡NOOOOOOOOOOOOOOO! ¡A,B,C,D,E,F,G,H,I!
- ¡Ups!
¡BOUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUMMMMMMMM!
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Después de pagar por la noche en el hotel se dirigieron a la puerta principal, cargados con las maletas.
- ¡Qué tengan un buen viaje! – les deseó el botones.
- ¡Igualmente!- contestó efusivamente uno de ellos.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Comentarios recientes