Érase que se era un granjero que tenía una cabra que daba la mejor leche del reino. Un buen día la cabra se le puso muy enferma y nadie a leguas a la redonda podía ayudarle. El granjero desesperado se puso a llorar al borde de un pozo.
-¿Por qué lloras buen hombre? – Escucho como le decía una vocecilla desde el fondo del pozo. El granjero se asomó. A lo lejos chapoteando en el agua había un hombrecillo de nariz alargada y orejas puntiagudas.
- ¿Quién eres? ¿Qué haces en el fondo de mi pozo?
- Soy el duende del pozo Si me ayudas a salir de aquí te concederé el deseo que tú quieras.
- ¡Mi cabra! ¡Quiero que cures a mi cabra!
- Eso está hecho. Pero a cambio tendrás que darme algo.
- Pero si ya te lo habré concedido – exclamó el hombre.- ¡Te habré sacado del pozo!
- Si no hay trato despídete de tu cabra.
- No, no quería ofenderte. Te sacaré de aquí y te daré lo que tu quieras pero te lo suplico, cura a mi cabra.
El hombre arrojó una cuerda y sacó al duendecillo del pozo. Éste se acercó y haciendo un par de pases mágicos sanó al animal.
El hombre no salía de su asombro, estaba pletórico de felicidad.
-¡Gracias!¡Un millón de gracias!.- le repetía besándole las manos y los pies.
-Ahora me tienes que conceder un deseo a mí. – Sentenció el hombrecillo.
- Lo que tú quieras. ¡Tus deseos son ordenes!
- Quiero quedarme con tu cabra.
-¿Cómo?
- Ya lo has oído bien quiero quedarme con tu cabra. Si no es así volveré a dejarla como estaba. Tú decides.
- De acuerdo. Llévatela. No la mates.
Y el duendecillo agarró a la cabra y tras un chasquido de dedos ambos desaparecieron y no regresaron jamás
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
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