Y fueron por siempre hermanas siamesas unidas por los cartílagos de las orejas.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Y fueron por siempre hermanas siamesas unidas por los cartílagos de las orejas.
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-¿Por qué mató a su mujer? – le preguntó el comisario. El asesino, que permanecía sentado sobre la silla, aun con la camisa aun manchada de sangre, alzó lentamente su rostro. Su boca no dejaba de esbozar una extraña y maliciosa sonrisa.
- Yo no mate a mi mujer – contestó sin titubeos y mirándole fijamente a los ojos. – Yo sólo maté a la enfermedad que la estaba atacando.
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Érase que se era lo que quería ser pero no era por lo que un buen día decidió ser pero como no sabía cómo empezar no pudo ser lo que era; así que después de darle cien mil diferentes vueltas se fue asqueado a la playa a sentarse a la orilla y contar granos de arena, cosa que en ese momento le parecía una cosa mucho más divertida que tratar de ser lo que era y le hubiera gustado ser porque no era.
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Erase una vez un hombre que no le gustaba para nada y en absoluto la vida que estaba llevando, por lo que un día tomó la estricta determinación de dormirse para siempre y vivir una nueva vida dentro de un sueño. El problema radicaba que en dicho sueño, al estar muy cercano a la corteza de la razón, permitía que se filtrasen aquellos problemas que acosaban su vida consciente por lo que todos ellos volvían a reaparecer teniendo de nuevo una clara presencia. Entonces el hombre volvió a tomar la determinación de dormirse de nuevo y paulatinamente a sumergirse en otro sueño dentro del anterior sueño, pensando que así, tal vez, al alejarse un poquito más de la obtusa realidad los problemas desaparecerían para siempre. Pero claro, escapar no resultaba tan sencillo porque tarde o temprano un problema de su vida consciente afloraba, como si fuese una mala hierba, sobre la capa de sueño donde se encontrase, fuese donde fuese llevando al hombre al mayor de los desesperos.
Un día decidió enfrentarse a la realidad y poner sus problemas en fila, como las fichas de dominó y de un simple golpe acabar con cada uno de ellos. El problema era que estaba tan sumergido en cientos de miles de sueños que perdió el norte y jamás pudo regresar. Lo intento, mil y un millón de veces, pero no pudo alcanzar la salida. Es más aquellos problemas que habían florecido en las todas las capas ahora habían formado una espesa jungla llena de lianas y de monstruos implacables lleno de ojos que le escudriñaban con enorme e insaciable apetito.
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-Encantado de leerle
-¡Ah! Gracias… ¡Encantado de ser leído!
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Érase una vez un cuento tan, tan antiguo que cuando fueron a leerlo se destruyó en mil pedazos.
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-¿Se puede saber qué has hecho?
-¿Yo? Nada…
-Pues entonces explícame por qué tienes la boca llena de plumas.
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Después de tanto caminar, de sufrir tantas penurias a lo largo de todo el camino llegó al pie de un gran muro. Un muro no muy alto pero si infinito de largo. No se iba a echar atrás, no iba a detenerse. Como pudo lo fue escalando, piedra a piedra, centímetros, metros. Resbaló un par de veces casi cayendo a una considerable altura. Tenía las manos , las rodillas y los pies en carne viva. Varias hora más tarde llegó a la cima. Se asomó. Por un instante puso los ojos en blanco. Por el horizonte se asomaba kilómetros y kilómetros de basto desierto.
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Parecían como dos árboles en mitad del desierto. Permanecían abrazadas, la una a la otra. Eran muy extrañas, ambas vestían igual, una camiseta blanca de manga corta y un pantalón tejano; una de ellas era muy alta y la otra muy bajita, las dos con el pelo corto y rizado, sus rostros poseían rasgos simiescos que también se apretaban hacia el centro de su rostro como si estuvieran haciendo en ese momento muchísima fuerza. La gente que las veía al pasar por la calle no se paraba a preguntar que estaban haciendo aquellos dos personajes allí; si por ejemplo esperaban a alguien, o se habían perdido o si por sus expresiones se encontraban aterradas por algún suceso desagradable reciente que les podía haber sucedido. Nadie se les acercó. Nadie les preguntó. Nadie se compadeció de ellas. Nadie supo hasta cuándo permanecieron las dos allí, de pie, agarradas la una con la otra formando un solo y compacto ser. Su presencia se convirtió en una incógnita. Un enigma perpetuo incluso hasta para ellas mismas.
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