Después de tanto caminar, de sufrir tantas penurias a lo largo de todo el camino llegó al pie de un gran muro. Un muro no muy alto pero si infinito de largo. No se iba a echar atrás, no iba a detenerse. Como pudo lo fue escalando, piedra a piedra, centímetros, metros. Resbaló un par de veces casi cayendo a una considerable altura. Tenía las manos , las rodillas y los pies en carne viva. Varias hora más tarde llegó a la cima. Se asomó. Por un instante puso los ojos en blanco. Por el horizonte se asomaba kilómetros y kilómetros de basto desierto.
© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)
Comentarios recientes