Juego de niños

23 06 2008

El lunes por la tarde era el día que más se divertían. Miss Grey, la enfermera encargada de la terapia, los sentó a todos en corro, en diversas sillas, algunas de ellas de ruedas. Tomó una pelota hinchable, azul, blanca y roja y tras inflarla les explicó a los allí reunidos y como si fuesen niños, que el juego de esa semana consistía en tener que lanzarse la pelotita los unos a los otros. Les apunto que el principal objetivo del juego y por supuesto el mayor merito era que tendrían que agarrarla al vuelo. No hacía falta que la lanzasen en orden, podían elegir a quien quisieran, pero eso sí, tenían que participar todos. Monopolizar la pelota era de muy mala educación.
Para comenzar, quizás de una forma coherente, aunque con aquellos locos eso era casi imposible, Miss Grey se sentó en una de las sillas, junto a ellos y lanzó la pelota como ejemplo al Señor Higgins. Éste la tomó en sus manos y se la miró como el que mira algo muy extraño. Miss Grey le invitó a arrojársela a otro compañero. El Señor Higgins lo hizo, con fuerza hacia la Señora Clark. La mujer la tomó y de forma súbita profirió una carcajada aguda; ella se la lanzó al Señor Johnson que la pilló al vuelo y éste se la acabó lanzando al Señor Stephens, de forma inesperada, tanto que hizo que casi se le cayese de las manos. Algunos de los allí reunidos echaron a reír, otros aplaudieron de forma torpe, sin atinar apenas a darse con las palmas de la mano, otros simplemente babeaban con la mirada perdida en el tiempo y el espacio. Miss Grey sonrió. Sin duda habían pillado el truco y se estaban divirtiendo.
Los dejó solos jugando y se dirigió hacia el mostrador donde se dispuso a organizar la bandeja de las pastillas. Como estaba de espaldas no se dio cuenta del fogonazo, ni de la desaparición de la pelota, ni mucho menos de la aparición de un recién nacido unido aun a su cordón umbilical de cuyo extremo colgaba la esponjosa masa de la placenta. La criatura volaba por los aires, de mano en mano. A veces la placenta golpeaba los cristales de la ventana de la clase que daba a recepción, manchándolos de restos de líquido amniótico y de sangre.

© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)

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