Cosas que nunca preguntarías.

20 06 2008

-¿Tu a quién quieres más a papa o a mama?- Le pregunta una abuelita a su nieto
– A ninguno. – Le contesta el niño.
-¿Y eso?
– Pues a Papá no porque se pasó siete de los nueve meses que estuve dentro de mi madre noche y día golpeándome la cara con su jodido pene. Y mamá tampoco porque se pasó todo el puñetero embarazo tratándome de sacar de su barriga con la punta de una percha oxidada.

© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)

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Estirpe de Matemáticos

17 06 2008

– Papá, papá, cuéntame algo…

– ¿Qué quieres que te cuente?

– No sé …un cuento que no se acabe nunca: ¡El de la familia numerosa!

– Está bien, está bien: “Había una vez una familia de números que eran todos primos entre sí. Estaban el número 1, el 2, 3, 5, 7, 11, 13, 17, 19, 23, 29, 31, 37, 41, 43, 47, 53, 59, 61, 67, 71, 73, 79, 83, 89, 97…”.

“Cortos Sin Filtro” © Pep Bussoms – 2008 (Todos los derechos reservados)





Érase que se era en el reino de los centollos…

15 06 2008

– ¿Mamá, es seguro este castillo?- Preguntó la princesa centollita a su madre la centolla.

– Claro que si cariño, ¿Por qué preguntas eso?

– Por que anoche soñé que venían las olas salvajes y lo derrumbaban.

– No tienes que preocuparte.-Dijo la reina centolla quitándole importancia.- Este castillo es muy fuerte. Porque aunque esté construido con arena está hecho con mucho amor y eso lo hace prácticamente indestructible.

La centollita sonrió desde su cama, aliviada. La reina centolla besó la frente de su hija, la arropó con algas verdes del mar y le cantó una canción para que se durmiera. Y así lo hizo.

Afuera, en la playa, el rey centollo ayudado por el príncipe centollito apilaban, incansables docenas de cantos rodados, pedazos de coral rojo y restos de conchas marinas alrededor del castillo. Ambos construían un muro infranqueable para un castillo hermoso, de varias plantas, adornado con diminutas estrellas de mar y reforzado sobre recias columnas de coral negro brillante y reluciente como si lo hubiesen acabado de pulir.

La reina centolla salió al exterior. Alzó la mirada y contempló el imponente edificio. Ella también había sentido el mismo pavor que su hija. Tenía mucho miedo que ese castillo se viniese a bajo, ya sea por culpa del viento, de la ira del mar o del pisotón desafortunado de cualquier pié extraño.

– “¡La arena es tan frágil!” – Pensó atemorizada. Se acarició en vientre con las dos pinzas. Sintió como el pequeño centollito que estaba a punto de nacer se movía en su interior, bajo su coraza.

Entonces se acordó de algo que le dijeron tiempo atrás. No se acordaba cuándo ni quién. Pero es una frase que le disipó definitivamente todos sus temores: “La arena si está mojada es más dura que la piedra.”

La reina centolla suspiró tranquila. Observó como el rey y el príncipe acababan de reforzar los muros y se quedó prendada de la increíble puesta de sol que se ocultaba por el horizonte.

Dedicado con muchísimo cariño a Mónica, Adrián, Hugo, Lua y a su futura familia.

© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)





Renacimiento

15 06 2008

Lo arrojó a la fuente, como pudo. Ya estaba medio despierto. Mientras evitaba que escapase se autoconvencía de que aquello era lo mejor que podía hacer por él. Aun no había madurado lo suficiente, suele pasar en muchos casos. Él era un tirano, un arrogante, un egoísta y un llorica. La agarró con fuerza de una de sus manos. Ella gritó sin poder quitar la mirada del anillo de bodas que aun lucía en su dedo. Luchó como una jabata por aguantarle la cabeza bajo el agua. Con todas sus fuerzas. Él seguía tirando de ella, con algo de menos fuerza. Por un momento le pareció oírlo gritar bajo el agua, pero no estaba muy segura. Ella jadeaba y emitía de vez en cuando unos resoplidos densos como los de una antigua máquina de vapor. Trataba en todo momento de no ser arrastrada.

Tardaron más o menos un minuto en dejar de salir burbujas de debajo del agua. Se dio cuenta de que ya no respiraba porque él soltó su antebrazo con una delicadeza poco habitual. Esperó media docena de segundos, tal y como le habían indicado. En cuanto volvieron a aparecer las burbujas tiró de él con fuerza. Ya no le fue tan difícil. No como al principio. Su cuerpo pesaba muchísimo menos y medía por lo menos un cuarto de lo que media con anterioridad. Ya no había anillo de compromiso, ni reloj, ni vello en el anverso de la palma de su mano. Lo tomó en brazos, las ropas que había llevado antes era ahora simples guiñapos. Nada acordes con lo que en ellas cobijaban. Chorreaban agua a borbotones. Ella se las quitó y enseguida lo arropó con muchísima ternura en una manta. Miró al rostro del infante. Sonrió. Fue correspondida. Lo metió en el cochecito con ternura. Mientras se alejaban hacia el horizonte ella comenzó a entonar una nana.

Para Meggan/Hormiga que vive y trabaja con ilusión para la infancia.

© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)





¿Por qué eres mi padre?

20 05 2008

– Vaya, hijo, no sabía que se podía escoger.

© Amparo Bernard – 2008 (Todos los derechos reservados)