Ganas de discutir

5 11 2008

-¿Me quieres?
-Claro que te quiero.
-Pero, ¿cuánto me quieres?
-Pues mucho.
-¿Y cuanto es mucho para ti?
-No se mujer, pues, mucho es mucho.
-Ya, pero ¿qué serias capaz de hacer por mi?
-Cualquier cosa.
-Eso es fácil de decir, pero matarías por mi?
-Depende si estuvieras en peligro…
-Y si yo te lo pidiera?
-¡Mujer, que locura dices!!
-Que, lo harías o no lo harías?
-No, no lo haría, no mataría a nadie solo porque tú me lo pidieras!!
-¡Ves, ya sabía que no me querías lo suficiente!!
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Un largo camino

2 09 2008

Después de tanto caminar, de sufrir tantas penurias a lo largo de todo el camino llegó al pie de un gran muro. Un muro no muy alto pero si infinito de largo. No se iba a echar atrás, no iba a detenerse. Como pudo lo fue escalando, piedra a piedra, centímetros, metros. Resbaló un par de veces casi cayendo a una considerable altura. Tenía las manos , las rodillas y los pies en carne viva. Varias hora más tarde llegó a la cima. Se asomó. Por un instante puso los ojos en blanco. Por el horizonte se asomaba kilómetros y kilómetros de basto desierto.

© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)





La maldición escarlata

24 06 2008

-¡Se lo advertí! ¡Se lo dije unas mil veces! ¡¡Nunca intente descubrir que se encuentra detras de la cortina!!

© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)





Viaje a Ninguna Parte

22 06 2008

Todo estaba listo para el lanzamiento. El comandante Tobías O’Connor realizaba por radio las últimas comprobaciones con la estación de control antes de iniciar la cuenta atrás.

Por fin había llegado el momento. A través de los auriculares le llegó la voz del director de operaciones de la rampa de despegue, con un tono estudiadamente neutro, sin emoción:

Diez…

Nueve…

Ocho…

Siete…

Una frase hecha cruzó la mente de Tobías en ese momento – “La suerte está echada” – pensó, sin poder evitar que un leve estremecimiento le recorriera la columna vertebral de arriba a abajo.

Seis…

Cinco…

Era la primera vez que un cuerpo de científicos organizaba una expedición espacial justo al centro de la nada. Querían comprobar qué había de cierto en sus conjeturas.

Cuatro…

¿La nada es nada porque está vacía? ¿…o está vacía porque no admite nada?

Tres..

¿Qué sucede con la nada si le ponemos algo en medio?

Dos…

¿Qué es lo que desaparece? ¿La nada o el algo? Parece evidente que el vacío desaparece en cuanto se llena con algo; pero esa afirmación había que demostrarla empíricamente.

Uno…

De pronto, Tobías O’Connor tuvo una inspiración.

¡Cero!

Lástima que no se le hubiera ocurrido un poco antes. Los cohetes de propulsión empezaron a rugir a sus espaldas y Tobías sintió la fuerte aceleración negativa que aplicaban a la nave y a todo su cargamento, con él incluído: Habían empezado a elevarse.

Su intuición le habría ahorrado a la agencia espacial un montón de dinero; y quizás habría salvado también una vida. Quiso decir algo, pero la tremenda energía que sentía presionando sobre su cuerpo le obligaba a apretar con fuerza las mandíbulas y a mantener todos los músculos en tensión. De todos modos, el rugido ensordecedor de los motores habría impedido cualquier comunicación con la estación de control.

Desde el exterior, el público miraba extasiado el gran espectáculo, mientras el cohete se elevaba dejando una espesa columna de humo blanco tras de sí.

Otra frase hecha cruzó por la mente del Comandante Tobías: “Para este viaje, no hacía falta alforjas”.

La nave desapareció de la vista del público, convertida en la distancia en un punto infinitesimal en medio del azul intenso de un hermoso cielo de primavera.

“Cortos Sin Filtro” © Pep Bussoms – 2008 (Todos los derechos reservados)





Por los pelos

18 06 2008

Aparcó el coche en la 4 planta del parking subterráneo. Cuando avanzaba hacia la salida escuchó el estruendo, como el de una vibración intensa. Pensó que era el metro que pasaba varios metros más abajo. Lo curioso era que le pareció que el sonido venía desde otro lugar, como desde arriba. Cuando se acercó al ascensor ya no le dio la menor importancia. Ni se percató de la polvareda que bajaba por una de las escaleras que conducían a los pisos superiores.
Cuando abrió la puerta principal se quedó boquiabierta. Ahí donde antes había una ciudad bulliciosa, llena de coches y peatones ahora reinaba el infierno. Todo eran cadáveres humeantes, ruinas y coches volcados en llamas o apilados los unos sobre los otros en ángulos imposibles.

© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)






Sombreros.

17 06 2008

-Pruébese éste…- Le dijo la dependienta mostrándole una preciosa Pamela adornada con un delicado lazo violeta.
La mujer se lo acercó a la cabeza. La Pamela descendió hasta cubrirle casi los ojos.
-¿A ver?… Huy, no. Me va muy grande.
-¿Grande? Pero si es de su medida. ¿A ver éste? – Le comentó mientras le entregaba un sombrero de fieltro sin alas y decorado con deliciosas cerezas artificiales.
El sombrero descendió hasta casi la altura de la punta de la nariz.
-También… También me va grande. – Dijo la mujer con un sofoco.
-¡No puede ser es imposible! – Resopló la dependienta. Entre las dos habían conseguido llamar la atención de la mitad de compradores de la tienda. Algunos de ellos ocultaban su sonrisa tras unos impolutos guantes blancos. – A ver si con este va mejor la cosa…
La mujer se acercó otra Pamela confeccionada en punto, blanca con una cinta fina y roja alrededor. No sobrepasó de su coronilla.
-¡Es demasiado pequeño! – Comentó indignada.
-¿Pequeño? ¡Pero si es de la misma medida que los otros!
– Pues no lo entiendo. – respondió ofuscada la dependienta- Yo…
– Yo si lo entiendo.- Interrumpió entonces el dueño de la sombrerería. Un señor orondo, bajito, de cabello blanco y con un bigote descomunal acabado en punta – El problema no es de los sombreros.- Comentó el caballero mientras se quitaba el monóculo de su ojo derecho y comenzaba a limpiarlo con un pañuelo.- Nunca es de los sombreros. Aquí quien sí tiene un problema es su cabeza, señora ya que no deja domesticarse y hace todo lo posible para que nada ni nadie la pueda vestir. Me temo que como no ponga remedio inmediato jamás podrá lucir una obra de arte como las nuestras en lo alto de su mollera.
Acto seguido se colocó el monóculo en el ojo y comenzó a reírse, a carcajada limpia. Como el resto de compradores que habitaban su establecimiento.

Basta decir que la dama salió del establecimiento y no volvió nunca jamás.

© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)