Pelos

23 07 2008

– ¡Vengo a que me corte el pelo!
– De acuerdo, pero esta vez… ¡Le pienso anestesiar!

© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)

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Una sola pregunta.

20 06 2008

¿Estará construido mi ataúd? Pensó el hipocondríaco.

© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)





Talasofobia

18 06 2008

Por fin se había decidido a meterse en el agua. Después de acudir al psicólogo durante 12 años para vencer su miedo al mar. Sintió el agua en sus pies y se estremeció. Tenía que superarlo. Avanzó con miedo pero decidida, con su esplendido bikini nuevo y su pelo ondeándole al viento. Se sentía bien a pesar de todo. Lo estaba superando, sentía que lo estaba superando…
El cometa se estrelló contra el océano con una fuerza devastadora. La inmensa ola que se formó tras el impacto barrió todo lo que se encontraba en 5000 kilómetros a la redonda en escasos segundos.

© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)





Quien no se arriesga… no pierde.

17 06 2008

Entró en el Hall de la casa. Olía extraño. Todo estaba muy oscuro. Cuando encendió la linterna pudo ver que las paredes estaba decoradas de color rojo, como parte del techo y la mullida alfombra que estaba pisando. Al fondo del pasillo vislumbró el marco de una puerta, con una pared tras de él. Un extraño viento cálido surgía de su interior. Comenzó a avanzar. Había mucha humedad en su interior. Le costaba respirar. Minutos antes alguien le había advertido que no hiciese el más mínimo ruido o la casa se daría cuenta de su presencia y entonces sería su fin.
Le gustaban las apuestas. Cuanto más arriesgadas mejor. Había mucho dinero en juego y éste ya le estaba quemando en el bolsillo. No creía en casas encantadas, ni en espíritus, ni en seres sobrenaturales, así que lo que menos tenía era miedo. “¿Vas a entrar en la casa más encantada del mundo y ni siquiera tiemblas de terror?” Él se rió recuerda haberle propinado a su apostador una palmadita en la mejilla. A acto seguido entró en el caserón.
Hacía bastante calor dentro. Se quitó la chaqueta y la arrojó sobre la alfombra. Solo tenía que permanecer en la casa unos diez minutos no más. Habría sido la persona que más tiempo habría permanecido dentro, la única superviviente. Miró el reloj. Quedaban aun ocho minutos y de momento no había sucedido nada. Avanzó varios pasos más hasta llegar casi al marco de la puerta que conducía al pasillo… un momento, aquello no era un pasillo. Aquello era un túnel sin escaleras y sin fondo. De repente el suelo se movió, de forma brusca, violenta como si se encontrase en el mismo epicentro de un terremoto. Un sonido gutural llegó desde el interior del túnel. Era como uno de esos sonido emitido por una ballena pero ralentizado. Sonaba como algo demencial.
Rebotó sobre la alfombra dándose dolorosos cabezazos que lo dejaron aturdido. Cayó hacia la izquierda, golpeándose con unos extraños adornos arrimados a una de las paredes. Eran muy duros y le hicieron mucho daño. Parecían como un cúmulo de sofás o armarios alienados fabricados de un material muy duro. Tanteó por el suelo. Estaba muy húmedo, cada vez más. Tras dos intentonas alcanzó la linterna que se le había apagado. Al encenderla dirigió el rayo de luz hacia el techo. Éste parecía haberse encogido considerablemente, de repente lo vio de nuevo subir y bajar y subir. Apuntó el haz de luz hacia los objetos duros que habían golpeado su cabeza. Emitió un grito desgarrador ¡Aquello no eran muebles! ¡Eran dientes! Trató de alcanzar la salida pero le fue imposible. La enorme alfombra se lo impidió.
Murió al tercer bocado luego fue tragado linterna incluida. El apostador que esperaba fuera sonrió. Acarició la comisura de la puerta y descendió por las escaleras silbando una absurda canción. Tenía el bolsillo lleno de dinero. Mucho dinero. Y pensaba gastárselo.

© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)