Por los pelos

26 06 2008

Apareció de súbito, tras la colina. Con sus fauces abiertas, llenas de hilos de baba. El Mantibruck rosado de más de diez metros de longitud se abalanzó sobre el hombrecillo que estaba de pie con la bota en la mano. El tipo estaba tan ensimismado con ponerse el calzado que ni siquiera lo escuchó. Justo cuando se abalanzaba sobre él se produjo un intenso fogonazo, de color azul. De repente apareció ante sus ojos un extraño pájaro, blancuzco, cubierto de un liquido rojizo. No se lo pensó dos veces y lo engulló de un solo bocado. Sabía extraño pero estaba delicioso. Se marchó balanceando su orondo y velludo cuerpo, ladera abajo, persiguiendo a un cuervo que se había cruzado en su ángulo de visión.

© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)





Cruce de caminos

26 06 2008

El pequeño tornillo salió disparado del gran fogonazo azul. Atravesó el laboratorio en dirección al ordenador central donde el Profesor Mercury calibraba la intensidad del haz de rayo dimensional. Antes de impactar sobre la pantalla del monitor una mano lo agarró en el aire.
El Profesor Mercury contempló el tornillo como fascinado.
– ¡Así qué tu eres el culpable de todo amiguito! No sabes lo que has estado a punto de provocar.
Sonrió y se metió el tornillo en el bolsillo de su uniforme. Se acercó al ordenador. Aun estaban inscritas las primeras coordenadas. Se puso manos a la obra. Tecleó #EUSV88.
– Ahora todo encaja. Ahora por lo menos sé que por fin llego a casa sano y salvo.
Dicho esto rápidamente desapareció por el segundo portal de un amarillo intenso donde al otro lado le esperaban cientos de científicos y gente muy poderosa en lo que era su primera exhibición con publico del primer (en realidad segundo) viaje en el tiempo de la humanidad.

© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)





El Club Grebredilb

26 06 2008

Estaban todos reunidos conspirando contra la humanidad.

Juntos, el presidente del mundo libre, el terrorista internacional más buscado, el presidente de la comunidad del libre mercado, los representantes de los paises productores de combustibles fósiles, los capitostes de la banca, los directivos de los cinco mayores laboratorios farmacéuticos, las cabezas visibles de las tres religiones mayoritarias, los dictadores de los estados socialistas del este y del oeste, y los dictadores liberales de los países democráticos.

Todos sentados en mesa redonda planificando la próxima crísis mundial.

El presidente del mundo libre, ejerciendo de moderador tomó la palabra para finalizar el evento:

– Muy bien señores, antes de concluir, ¿hay alguien que quiera hacer algún comentario?

De pronto, un destello azúl intenso parpadeó en el aire a la vista de todos y una granada se materializó encima del centro de la mesa, rodando unos centímetros sobre el tablero hasta detenerse vacilante. Era un modelo antiguo, “Mills”, de los utilizados durante la Iª Guerra Mundial. Estaba húmeda y sucia de barro. El hecho, por lo inverosímil, dejó sin palabras a todos los presentes.

– Er, …no tiene anilla – observó el terrorista internacional más buscado.

© Pep Bussoms – 2008 (Todos los derechos reservados)





La patata caliente

25 06 2008

Guerra de las Trincheras (1ª Guerra Mundial)
Ovillers -la- Boisselle 15 de Agosto de 1916.

-¡Lance la granada! ¡He dicho que lance la granada!¡Es una orden!
El soldado Cavanaugh agarró una de las “Bomba Mills” que ya había armado previamente. Tiró de la anilla y la arrojó hacia la trinchera más cercana donde habían divisado numerosos soldados alemanes.
Justo cuando estaba a punto de aterrizar se produjo un fogonazo azul.”La Bomba Mills” se transformó en una pelota de plástico hinchable de color azul, blanca y roja. Ésta rebotó sobre la barriga del cabo Klauss, que en ese momento tenía los ojos bien cerrados esperando su irremediable muerte, para terminar de rebotar y reposar junto a las botas del coronel Jürg Von Stein quien, tras ponerse su monóculo en el ojo, se la miró en un principio con supuesta indiferencia. Luego comenzó a reír. El resto de soldados allí congregados le acompañaron amortiguando con sus carcajadas el continuo bramido de las explosiones.

© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)





Juego de niños

23 06 2008

El lunes por la tarde era el día que más se divertían. Miss Grey, la enfermera encargada de la terapia, los sentó a todos en corro, en diversas sillas, algunas de ellas de ruedas. Tomó una pelota hinchable, azul, blanca y roja y tras inflarla les explicó a los allí reunidos y como si fuesen niños, que el juego de esa semana consistía en tener que lanzarse la pelotita los unos a los otros. Les apunto que el principal objetivo del juego y por supuesto el mayor merito era que tendrían que agarrarla al vuelo. No hacía falta que la lanzasen en orden, podían elegir a quien quisieran, pero eso sí, tenían que participar todos. Monopolizar la pelota era de muy mala educación.
Para comenzar, quizás de una forma coherente, aunque con aquellos locos eso era casi imposible, Miss Grey se sentó en una de las sillas, junto a ellos y lanzó la pelota como ejemplo al Señor Higgins. Éste la tomó en sus manos y se la miró como el que mira algo muy extraño. Miss Grey le invitó a arrojársela a otro compañero. El Señor Higgins lo hizo, con fuerza hacia la Señora Clark. La mujer la tomó y de forma súbita profirió una carcajada aguda; ella se la lanzó al Señor Johnson que la pilló al vuelo y éste se la acabó lanzando al Señor Stephens, de forma inesperada, tanto que hizo que casi se le cayese de las manos. Algunos de los allí reunidos echaron a reír, otros aplaudieron de forma torpe, sin atinar apenas a darse con las palmas de la mano, otros simplemente babeaban con la mirada perdida en el tiempo y el espacio. Miss Grey sonrió. Sin duda habían pillado el truco y se estaban divirtiendo.
Los dejó solos jugando y se dirigió hacia el mostrador donde se dispuso a organizar la bandeja de las pastillas. Como estaba de espaldas no se dio cuenta del fogonazo, ni de la desaparición de la pelota, ni mucho menos de la aparición de un recién nacido unido aun a su cordón umbilical de cuyo extremo colgaba la esponjosa masa de la placenta. La criatura volaba por los aires, de mano en mano. A veces la placenta golpeaba los cristales de la ventana de la clase que daba a recepción, manchándolos de restos de líquido amniótico y de sangre.

© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)





Un Gran Salto Para la Humanidad

23 06 2008

El repentino fogonazo de un destello azul anticipó la llegada del Profesor Mercury que se materializó desde ningún sitio, rodando ladera abajo una trentena de metros hasta que unos setos de brezo frenaron su alocada caída.

– ¡Buffff!

¡Lo había conseguido! No sabía en qué lugar estaba, ni en qué momento, pero lo había conseguido. Era la primera vez que un ser humano lograba abrir un portal para cruzar de una dimensión a otra a través del continuo espacio-tiempo.

– Este es un momento histórico – Pensó.

Estaba algo magullado pero se sentía eufórico. Escupió la tierra que le había entrado en la boca mientras rodaba por la ladera y se incorporó sentándose sobre el suelo. Se descalzó la bota izquierda para sacar una piedrecita que le llevaba molestando desde que salió del laboratorio; el dedo pulgar le asomó por un agujero del calcetín. Sacudió la bota y puso la mano debajo para recoger la piedrecita. Un diminuto tornillo de precisión de color dorado cayó sobre su palma desnuda.

– ¿De modo que eras tu, puñetero? – Lo cogió con dos dedos para verlo de cerca y acto seguido lo lanzó lejos, como si fuera un hueso de aceituna. Una pequeña chispita azul brilló un instante en el lugar aproximado donde debía haber aterrizado el tornillo, pero, ocupado en otras cosas, el Dr. Mercury no la vió.

Ahora era cuestión de averiguar dónde, y en qué momento del tiempo, se encontraba. Intentaría remontar la ladera hasta la cima, para tener una vista elevada del lugar. Su reloj digital se había detenido y en la caída había perdido el medidor de intensidad de flujo, así que lo de averiguar las coordenadas temporales iba a ser más difícil, a menos que… preocupado se quitó el casco para comprobar si la cámara seguia en su sitio y funcionando. ¡Estupendo! Aparentemente, sí. Podría calcular el factor tiempo del viaje por la duración de la grabación de video. Se lo volvió a poner y sujetó bien fuerte la correa.

Estaba listo para continuar. Iba a ponerse de nuevo la bota cuando estalló otro repentino fogonazo azul que le hizo desaparecer tal como había llegado.

En su lugar apareció medio atontada, con las plumas revueltas y pringadas de salsa napolitana, sin entender nada de nada, una gaviota reidora (Larus ridibundus) que por una vez en su vida no le veía maldita la gracia a un chiste.

Una trentena de metros ladera arriba, un grajo (Corvus frugilegus), córvido negro de cara pelada y blanquecina entre el pico y los ojos, soltó un graznido y salió volando asustado.

© Pep Bussoms – 2008 (Todos los derechos reservados)





Alumbramiento

23 06 2008

-!Empuje! ¡Empuje! – le aconsejó el médico.
Ella no hacía más que empujar. Con todas sus fuerzas. A cada embestida notaba como las venas del cuello y la sienes se hinchaban como mangueras a punto de estallar. El dolor era horrendo pero ella no hacía más que decirse que “aquello merecía la pena.”
– ¡Ya falta poco corazón! ¡Dentro de pocos segunditos podrás abrazar a tu hijo! – le animó la comadrona mientras le agarraba con fuerza de la mano derecha. – Un empujoncito más y ya habrá acabado todo.
Ella obedeció. Fue curioso porque de repente sintió como una extraña ventosidad en el interior de su útero y tras ella una curiosa sensación de alivio. Sonrió extenuada. Por un momento creyó que su hijo por fin había salido de su interior.
Entonces se percató de que algo no iba bien. Lo decía el rostro de su marido. Se había vuelto pálido. Su mirada era una mezcla entre sorpresa y terror. Las manos le temblaban y con ella la videocámara que había comprado para filmar aquel mágico momento. Ésta no aguantó mucho tiempo en sus manos y acabó estrellándose contra el suelo.
– ¿Qué sucede? – Gritó ella- ¡QUÉ LE PASA A MI HIJO! ¿QUÉ LE SUCEDE A MI PEQUEÑO?
El doctor se asomó por encima de sus piernas, poco a poco. Su mirada no se diferenciaba mucho a la de su esposo. En sus manos no se encontraba su pequeño. Más bien algo parecido a ¡UNA LINTERNA!

© Richard Archer – 2008 (Todos los derechos reservados)